Silencios que gritan a voces, relato publicado en Mujeres

Esperando, que Dios me dé el reposo que necesito, sentada en mi sillón, cuando veo mi imagen reflejada en el espejo apenas me reconozco.

Nunca he sido muy habladora, nunca me tuvieron en cuenta, a nadie le interesaron mis opiniones. Pero ahora vivo en el silencio, casi absoluto. No entiendo el mundo en que vivo, todo me es extraño, no entiendo a mis hijas, ni a mis nietas; aunque les dé mi opinión, tampoco a ellas les importa lo que yo pienso.

Mi marido nunca me consideró.

— ¡caya tú que eres una pendeja!

— ¡y tú que sabes, si nunca fuiste a la escuela!

–¡espero que tu hija no salga tan pendeja como tú!

Toda mi vida tuve que escuchar frases similares, con el paso de los años me acostumbré a no decir nada, mis pensamientos son para mí, siempre  me acompañan en mi soledad.

Cuando veo las arrugas de mi cara, surcos donde se han ido grabando todo los episodios de mi vida; pienso: ¿Cómo es posible que mis hijas no puedan aprovechar de mis experiencias?, no soy tan tonta como ellas creen, siempre me ningunearon en mi vida, ya desde niña, pero por los años que he vivido algo de lo que pienso o de lo que siento puede ser de utilidad, si más no, a alguien de mi familia.

Solo mis dos hijos, ya fallecidos, me trataron con el cariño con el que deseaba ser tratada. Ellos siempre me trataron con dulzura y se mostraban siempre respetuosos conmigo, a diferencia de mis hijas,  siempre peleoneras y apegadas a su padre.

A las mujeres que sobrevivimos a nuestros hijos, nos invade una tristeza que sólo podemos soportar por nuestra fe en Dios, pensando  que en algún momento nos redimirá de tanto padecimiento.

Sufrí mucho por mis hijos, en silencio como siempre, mucho antes de su muerte.

Nací hija de madre soltera, mi madre no tenía apenas recursos para mantenernos a mi hermana y a mí. Pasamos todo tipo de calamidades, yo no fui a la escuela, apenas pude aprender a leer y a escribir. La cosa no mejoró cuando mi madre encontró un nuevo marido, seguíamos en las penurias y además él no la trataba bien, tuvo que dejarlo cuando reunió fuerzas suficientes.

Me casé muy joven, no recuerdo la edad que tenía, pero me acuerdo que cuando mi esposo, también muy joven, salía a trabajar yo me iba a jugar con los vecinitos de mi calle.

Con mi esposo también pasamos lo nuestro, él era muy trabajador, pero no ganaba mucho dinero, para la gente trabajadora siempre ha sido muy bajo el salario. Tuvimos cuatro hijos, bastante seguidos, al poco de nacer el tercero, mi marido se quedó sin trabajo fijo, estuvo bastante deprimido y yo tuve que empezar a cocinar y vender mis picadas y mis gordas, tampoco ganaba mucho, lo justo para poder alimentar a los niños. Trabajé muy duro, me levantaba a las cuatro de la mañana, cocinaba, daba las mamilas a los niños y me iba para el puerto, para llegar antes de que asignasen las tareas a los trabajadores y así me pudieran comprar las comidas.

Después de la venta, de regreso a casa, a cuidar a los pequeños, los dos mayores ya no eran tan pequeños, eran varones y tanto mi esposo como yo determinamos que por lo menos ellos irían a la escuela.

Los dos varones progresaban muy bien en la escuela, pero no teníamos ni para comprarles zapatos para ir, ellos estaban siempre tristes de ver nuestra pobreza, vivíamos en un cuartito pequeño los seis, mi esposo yo y los cuatro niños, la pequeña ya había nacido.

El mayor antes de cumplir los trece años,  nos dijo que se iba a trabajar con el panadero, que continuaría en la escuela, pero que quería aportar algo de dinero para paliar nuestra penuria, creo que se le partía el alma cuando me veía extenuada al finalizar la jornada.

Un día, mis hijos llegaron a casa con una estufa a gas, yo siempre había cocinado con un anafre de carbón y leña.

— Ma–me dijo el mayor– a partir de ahora, ya no tendrás que sufrir por el humo, te he comprado una estufa nueva y además el próximo curso mi hermano empezará en la universidad.

Siempre he sido muy poco expresiva, no pude dibujar una sonrisa en mi rostro, ni articular palabra. Intuía que algo no iba bien, con el trabajo en la panadería mi hijo nunca podía haber juntado para comprar la estufa y mucho menos para llevar a su hermano a la universidad. No pregunté nada, no me atrevía a escuchar las respuestas a mis preguntas.

Después, la economía de la familia mejoró, pero yo no podía disfrutar del bien estar, sufría callada, un sufrimiento silencioso, doloroso, premonitorio, sufrí en silencio hasta el día de la muerte súbita de mis dos hijos, entonces, de alguna manera, yo morí con ellos, ya nunca pude recuperar el aliento.

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