Darle cuerda al mundo y escuchar como suena

TRAPEZIdeTANA

A lo largo de esta semana presentaremos nuestro proyecto de lectura en voz altaTextos para comer por el oído en el marco del I Congreso Internacional sobre Educación y Socialización del Patrimonio en el Medio Rural (18, 19, 20 y 21 de septiembre de 2013, Malpartida de Cáceres).

La nuestra es una iniciativa que invita a explorar los textos por el oído, un proyecto alrededor de la escucha, sobre el patrimonio intangible de las palabras y la materia sonora de la que están hechas.

Con motivo de nuestra participación en dicho congreso, pedí a Isabela Méndez, la actriz y escritora junto a quien hemos desarrollado las diferentes propuestas que configuran el proyecto, que escribiese una breve reflexión acerca de la escucha, de lo que para una actriz y escritora es el sonido de las palabras y del lenguaje. Ella ha ido un poquito más allá y…

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Los mares del sur. La mejor novela del detective Pepe Carvalho según encuesta entre sus lectores

El blog de NEGRA Y CRIMINAL

El resultado de sus preferencias sobre la mejor novela protagonizada por el detective Pepe Carvalho, lo que dejaba fuera tanto Yo maté a Kennedy, como los recopilatorios de relatos o recetas.

Por una amplísima mayoría la que ustedes consideran mejor novela carvalhiana es

LOS MARES  DEL SUR,

con la que Manuel Vázquez Montalbán ganó el Premio Planeta en 1979.

portadad-blocla cubierta de la Cartelera Turia valenciana dedicada a Manolo Vázquez Montalbán

El domingo próximo en el superviviente Página 2 en los clubes de lectura que salen, le toca el turno al de Barcelona a través de la novela negra de la Biblioteca San Antoni. Lo grabaron mientras comentábamos La soledad del manager, que ha sido la segunda novela más votada por ustedes.

El volumen 7 de la reedición y de la recopilación de los libros de Carvalho, se titula Relatos, contiene El hermano…

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ESCRITOR, CÓMO LLEGAR A LOS LECTORES

Soy mi palabra

20131010_125956A menudo escritores que están empezando, llenos de ilusión, me preguntan cómo llegar a las grandes editoriales y a los lectores, algunos desesperados después de meses escribiendo cartas y buscando quien les escuche. Solo puedo decirles esto:

Novelar es un arte, el arte de contar cuentos con magia. Has de morir un poco en cada letra, sangrar tinta. Te olvidarás de comer… de respirar cuando estás sobre el papel, poseído por el encantamiento de los personajes y escenas que fluyen en tu mente. No habrá nada que se interponga entre tú y las palabras: estás sintiendo el palpitar del mundo; estás más vivo que nunca, jamás los latidos de tu corazón sonaron más limpios y reverberaron tanto en el firmamento. Te sorprenderás al caer el día aún con el pijama de la noche anterior, con los ojos enrojecidos y la boca seca. No serás consciente de que estabas preñado hasta…

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La brújula dispersa por Isabela Méndez

El dolor, baluarte de punzadas. En él un regimiento de no sé qué criaturas, aporrea tambores que retumban en mis ojos y sienes, ¿acaso no los sienten los demás?

Mis ojos buscan la luz del semáforo y a cambio reciben un vago panorama, en el que no distingo si lo que hay frente a mí, es un cuadro de un impresionista borracho, una obra escultórica demasiado moderna, o la realidad que me impele a participar, y en la cual una vez más arrastrada por los objetivos que debo cumplir, me lanzo. Cruzo la calle confiando en que los peatones son sensatos y han visto la señal en verde…

Voy descubriendo lo que me rodea solo cuando arribo a ello, casi cuándo lo palpo, ¡milagrosamente no tropiezo! Siempre descubro el mundo “justo a tiempo”.

A lo que tengo le llaman baja visión, a esta forma de percibir el universo, que en mi caso es producto de un problema en el nervio óptico, imposible de corregir con gafas.

Era más sencillo durante mi infancia, cuando leer no constituía un requisito y me llevaban de la mano a los distintos lugares. En aquel tiempo, los adultos estaban pendientes de mi llegada, ahora en cambio llegar a un lugar, por ejemplo a un restaurante, es una odisea que la gente de vista normal no imagina. Una vez allí, las siguientes hazañas son: ver lo que hay en la carta, las bandejas que están sobre la mesa, discriminar cuál es el baño de damas…

En mis desplazamientos por la calle llevo lo que denomino una “brújula dispersa”, es decir, una serie de herramientas que me ayudan a orientarme. Con el objeto de distinguir los números de los autobuses, de las calles o ciertos letreros, uso un telescopio de bolsillo, para leer letras pequeñas llevo unas gafas lupa y para protegerme del sol unos lentes polarizados. Mi móvil tiene un programa que me dicta los nombres de quienes me llaman, los diversos menús y los mensajes.

En casa mi brújula la constituye  un ordenador adaptado.

He llegado al casting, el dolor de los ojos ha bajado. Quienes allí están no sospechan cómo veo, ya que no llevo bastón, ni anteojos de cristal gordo y mis ojos lucen normales. Una mujer me recibe, yo hago lo imposible por disimular mi ceguera estando muy atenta en el trayecto que realizamos y sonriendo cuando ella me mira. En cierto punto me dice – sigue por este pasillo, en las puertas hay letreros, donde veas Federico Michelena, entra. Yo me he puesto pálida, ¡no puedo leer los letreros!, así que a mi pesar y con el corazón amontonando sus latidos, le digo –oye disculpa, pero no veo bien, ¿tú me podrías acompañar hasta el lugar?–, ella dice –pero los nombres de las puertas son enormes, ¡los verás! –, yo replico –¡No, no los veré!–, se genera un momento de tensión, al final ella cede y de mala gana me acompaña. Entro en el lugar, un sinfín de puertas se vuelven a esparcir ante mi vista, como si hubiera entrado en alguna pesadilla de Kafka, pero con un barniz de glamour porque está plagado de mujeres hermosas, de todas las tallas y colores. Vuelvo a pedir ayuda dando la explicación pertinente y esa persona me pregunta –¿oye, cómo haces para leer los libretos, si ves tan poco?–  a lo que respondo –los imprimo con letras muy grandes y memorizo deprisa. Llegamos al estudio de grabación, rezo en silencio, espero que mi intuición, mi instinto y 20 años de oficio, me ayuden a superar este escollo. Los próximos minutos transcurren en un limbo actoral, ese que empieza con los nervios de tener en frente director, productor, camarógrafo, vestuarista y la responsabilidad de encarnar a Ofelia en la audición. Aún así, mis oídos están alerta y he escuchado cada una de las acotaciones que aluden al espacio escénico y las intenciones del personaje.

Leer más en: La brújula dispersa.

Emma Zunz de Jorge Luis Borges

3917b-borges-jardin-de-los-senderosEl catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer – ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

Leer novelas de ficción es bueno para la empatía / Noticias / SINC

Leer novelas de ficción es bueno para la empatíaUn estudio estadounidense revela que las habilidades sociales se potencian en las personas que leen ficción literaria. Los autores compararon los resultados obtenidos para personas que leen este género con lectores de no ficción y no lectores.

Cuando en 2012 la escritora Louise Erdrich obtuvo el premio nacional de literatura de EE UU por su novela The round house, no sabía que su obra estaba contribuyendo a incrementar la empatía de sus seguidores. Este y otros títulos novelísticos han servido a dos investigadores estadounidenses para concluir que las lecturas de este género ayudan a las personas a identificar mejor las emociones ajenas.

Según el trabajo, publicado esta semana en la revistaScience, este tipo de literatura permite apreciar el mundo desde otros puntos de vista e identificarse con los personajes, lo que afecta positivamente al desarrollo de las habilidades sociales.

Durante el ensayo, los investigadores dividieron a los participantes en tres grupos. Uno de ellos recibió un texto de ficción, otro uno de no ficción y el último ninguna lectura. Los investigadores, miembros del Nuevo Centro de Investigación Social de Nueva York (EE UU), seleccionaron las obras según los premios que habían recibido.

“Hemos utilizado diferentes tipos de textos”, indica a SINC David Comer Kidd, uno de los autores del estudio. “Seleccionamos extractos de los primeros capítulos de algunos libros que fueron finalistas de los Premios Nacionales de Novela o best sellers en Amazon, y algunas historias cortas de la colección de ganadores del Premio Henry en 2012”, añade.

“La novela de ficción supone un desafío para las convicciones de los lectores y les fuerza a penetrar en la mente de los personajes”

Los expertos hicieron tres pruebas posteriores, basadas en la Teoría de la Mente (TdM), que refleja el grado en que un individuo es capaz de percibir las emociones y los pensamientos de los demás.

Este modelo tiene dos componentes, una parte cognitiva y otra emocional. “La TdM cognitiva se refiere a nuestra habilidad para reconocer lo que otra gente piensa y cree acerca del mundo que les rodea”, explica Comer. La afectiva implica la apreciación de los sentimientos.

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La alta literatura es gimnasia para el cerebro | Sociedad | EL PAÍS

El trabajo que Science publica este jueves hace diana en el epicentro de la más profunda cuestión en la estética literaria. ¿Por qué El código Da Vinci de Dan Brown puntúa menos que El americano impasible de Graham Greene en ese concurso para ascender al parnaso? ¿En qué sentido es Arturo Pérez Reverte menos literario que Javier Marías? ¿Por qué discutieron Carlos Ruiz Zafón y Antonio Muñoz Molina? Pues bien, he aquí una respuesta: mirad al cerebro. Leer ficción literaria recluta las áreas cerebrales implicadas en la emoción social: las que distinguen una sonrisa sincera de una falsa, detectan si alguien se siente incómodo o evalúan las necesidades emocionales de familiares y amigos. La ficción popular (como las novelas de espías o de amor y lujo) no lo hace, y la estantería de no ficción tampoco lo consigue.

Las lecturas literarias también son únicas en que estimulan la teoría de la mente, la facultad de ponerse en la piel del otro. La razón, según publican en Science los científicos de la Nueva Escuela de Investigación Social en Nueva York, es que la alta literatura nos obliga a expandir nuestro conocimiento de las vidas de otros, y a percibir el mundo desde varios puntos de vista simultáneos.

Los resultados de los científicos de Nueva York ofrecen, seguramente por primera vez en la historia de la crítica literaria, un criterio objetivo para cuantificar “el valor de las artes y la literatura”, como dice su institución. La Nueva Escuela de Investigación Social se fundó en 1919 con el espíritu de promover la libertad académica, la tolerancia y la experimentación. Publicar una investigación en Science es seguramente una culminación de ese programa. Su trabajo muestra que “leer ficción literaria estimula un conjunto de capacidades y procesos de pensamiento fundamentales para las relaciones sociales complejas, y para las sociedades funcionales”.

El psicólogo Emanuele Castano y su estudiante de doctorado David Comer Kidd han consultado a críticos e historiadores de la literatura para dividir el espectro continuo y diverso de la expresión literaria en solo tres categorías: ficción literaria, ficción popular y no-ficción.

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