La agricultura inicio de la desigualdad social

desigualdad social¿Será esa acumulación de bienes conseguida con la adopción de la agricultura la que convierte a nuestros sistemas productivos, altamente jerarquizados, en fuente de psicopatía social para nuestros líderes?

Quizás todo esto de la desigualdad; de la sociedad dividida en clases; del acaparamiento de los alimentos en manos de unos pocos empezó con el dominio de la agricultura. Ese logro tan importante para el acceso a la condición humana llevaba en su seno el germen de la desigualdad que tanto hace sufrir a muchas poblaciones humanas. Poco podían imaginar nuestros ancestros cazadores – recolectores que esa mejora objetiva les llevaría a unos episodios terribles para la especie humana. “Más que ninguno de los hitos que marcan el camino de la condición simiesca a la humana, la agricultura combina inextricablemente las causas del ascenso de la humanidad con las de su caída”, dice Jared Diamond en su libro El tercer chimpancé.

De los primeros acaparadores de alimentos que, con seguridad, recibieron el menosprecio de sus congéneres,  hemos llegado al injusto sistema actual; que teniendo alimentos para el doble de habitantes de nuestro planeta, muchos millones se mueren de hambre cada año. La mayoría de humanos actuales ven bien, con una lógica esperpéntica, que prevalezca el comercio privado de los alimentos frente a las necesidades de la población mundial. Esta lógica, enseñada y trasmitida durante diez mil años de civilizaciones nos hace imposible ver que es contraria a los intereses de la especie humana. Lo más importante para nuestra especie, como para cualquier otra es la supervivencia y la transmisión de los genes de generación en generación. Por ello es importante que no se muera nadie y menos de hambre ya que entre todos poseemos los medios para evitarlo.

En las sociedades primitivas antes de la llegada de la agricultura “los humanos vivíamos en sociedades de iguales, con una concentración del poder mínima y sin clases sociales. Todos participaban en las decisiones del grupo y fuera de la familia, no había nadie dominante” escribe Bruce Knauft, politólogo de la Universidad de Emory. Desde los inicios de la agricultura hasta la época actual han pasado muchas generaciones humanas; muchos eventos desastrosos; muchos sistemas políticos diferentes entre sí, pero los líderes humanos siguen bebiendo de la fuente de la psicopatía. La psicopatía es cuatro veces más frecuente entre las personas que ostentan el poder que entre el resto de la población. “Se caracterizan por ser mentirosos y narcisistas, manipuladores con gran encanto en apariencia aunque por dentro sean gélidos y ajenos a los afectos que fingenasegura el doctor Alberto Soler Montagud.

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Orhan Pamuk: “El arte de la novela se basa ante todo en la compasión” | El País Semanal | EL PAÍS

  • Perseguido, atacado, Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, en muchos países sería una gloria, salvo para ciertos sectores de la Turquía más ancestral
  • Profesor en la Universidad de Columbia, laico amarrado a la tradición de un islam cultural, la obra de Pamuk es un crisol de verdades tan volátiles como asentadas, una corriente inaprensible de energía cruzada, un mosaico complejo que le ha valido para ser una de las voces más autorizadas en el panorama narrativo mundial

Muchos creyeron que había ganado el Premio Nobel demasiado joven cuando con 54 años lo recibió de manos del rey Gustavo de Suecia. Pero Orhan Pamuk y su país, Turquía, habían esperado muchas décadas para un reconocimiento así. El autor de El castillo blanco, consagrado para el panorama internacional por voces como las de John Updike, llevaba ya una larga carrera de potentes novelas que han navegado varias épocas por las aguas del Bósforo. Relajado, y tras darse una vuelta por la Alhóndiga de Bilbao, donde participó en el ciclo Gutun Zuria, Pamuk desgrana las tensiones latentes entre el Este y el Oeste, el carácter de quien mira hacia ambas orillas para poder entender mejor los desencuentros.

Aquí, en la Alhóndiga de Bilbao, da por pensar, después de que usted se haya mostrado un gran defensor del papel de los lugares públicos en el mundo de hoy, para qué sirven estos grandiosos espacios de encuentro. ¿Cuál es su papel en la cultura, en el civismo? Estos lugares son concebidos como ágoras, donde la gente se reúne, interactúa… son esencialmente eso.

¿Ágoras posmodernas? Más o menos, muy cercanos a la actividad de la gente. Consiguen aumentar nuestro sentimiento de pertenencia hacia algo más trascendente que la propia individualidad.

Orhan Pamuk

(Estambul, 1952) es el escritor turco más reconocido del mundo contemporáneo. Premio Nobel en 2006, creció en el entorno de una familia laica muy apegada a Occidente que se reconoce en obras suyas como ‘El libro negro’ o ‘Cevdet Bey y sus hijos’. Su novela ‘El castillo blanco’ llamó la atención de autores consagrados en Estados Unidos, donde el autor imparte semestres en la Universidad de Columbia. Reconocido como el mejor radiógrafo de su ciudad, la magistral interpretación en la historia de su lugar de origen queda reflejada en toda su obra, pero especialmente en libros como ‘Estambul, memorias y la ciudad’. Ha conseguido también el France Culture y el Médicis, y el de los libreros alemanes.

Ha reflexionado usted a menudo sobre su obsesión acerca de la imposibilidad de trazar un final a las historias. ¿Ser consciente de eso le limita como escritor? ¿Existe el final ideal cuando sabes que todo continúa? Bueno, al final, casi todo acaba. Un final, en cierto modo, es una declaración de principios. Como nuestro epitafio en la tumba. Soy novelista, de este tiempo, y debo contar con ello, no como en las grandes epopeyas de la antigüedad, donde las historias podían continuar sin fin y se sumaba, se sumaba… Todo empieza y termina en el individuo, las personas. Cada una nos sugiere un todo. Eso nos otorga una especie de mandato, aunque nos resistimos a que las cosas se cierren. Más si esas historias que contamos le gustan a la gente.

Pero incluso las novelas, si son buenas, nunca acaban en nosotros, siempre podemos agarrarlas por segunda vez y hacer una lectura completamente diferente. ¿No será que comenzar y terminar una novela sencillamente se convierte en una convención, más que en un deber? Yo nunca decido el final de mis novelas antes de alcanzar la mitad. Puede que reescriba mucho los comienzos, hasta 50 veces, pero cuando llego al medio y me doy cuenta realmente de qué va, entonces decido el final. Debe aparecer espontáneamente. La naturaleza de los personajes lo da. Aparece con el proceso de la escritura. Les dedico tiempo a las criaturas que pueblan mis historias, me paso con ellos tres y cuatro años, lo voy descubriendo poco a poco, aunque domino plenamente su temática. Los contextos son claros, pero qué les ocurre singularmente a cada uno, no tanto; con quién se casan o se pelean no lo llego a saber hasta un tiempo después. Ahora, cuando se me ocurren, no lo reescribo tantas veces como el principio, sale de una, así… Sin embargo, las primeras frases deben estar muy meditadas.

Se nota en usted: “Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. Así comienza La nueva vida. ¿No es ese el íntimo y tremendo deseo de cualquier escritor? ¿Cambiar la existencia de sus lectores? Todo el mundo se sabe de memoria ese comienzo en Turquía, incluso se han hecho anuncios. A veces me hace feliz, otras me entran ganas de demandarlos, pero se me pasan.

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La promoción editorial en tiempos de crisis

JAVIER PELLICER

Sin lectores, un libro es un proyecto inacabado. Y en una industria que publica cerca de 80.000 títulos al año (sin contar a los autoeditados), alcanzar al público es algo que por desgracia no puede quedar reducido a factores como la calidad literaria. Somos muchos escritores para muy pocos lectores, y aunque algunos de ellos sean fieles compradores, la cantidad de libros que surgen les obliga a elegir. ¿Cómo llegar a ellos si no saben que tu obra existe? La promoción es la clave.

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Publicación de la obra “El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950)”, de Ferran Gallego

Seminario Interuniversitario de Investigadores del Fascismo

A día de hoy, por fin podemos decir que el último trabajo de Ferran Gallego es ya una realidad. Las primeras lecturas demuestran que la espera ha merecido la pena. Fruto del trabajo de muchos años y de la pluma del que es uno de los principales expertos españoles en la crisis de entreguerras y el fascismo europeo, se trata de una obra con un ambicioso planteamiento que es, a su vez, el resultado de muchos años de investigación sobre un vasto conjunto de fuentes de época. (1) Por su amplio alcance y su capacidad para plantear nuevas perspectivas, El evangelio fascista debe ser un parteaguas en los debates que se mantienen en nuestro país en torno a cuestiones clave del siglo XX europeo como la quiebra del sistema liberal, los procesos de fascistización, la naturaleza del propio fascismo y, por último, la constitución y consolidación del régimen franquista. El…

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CON EDITORIAL O SIN ELLA

Soy mi palabra

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Es un tema de total actualidad en el panorama literario de nuestros días, en periódicos, revistas, webs y páginas de autores y lectores se vierten opiniones al respecto. Yo también tengo la mía y quiero pronunciarme de una forma contundente, sin bálsamos: «Da lo mismo peer que chiflar ―que decía mi abuelo―. El galgo corre con collar o sin él». Aquel que escude en una editorial su buen hacer con las letras ya es sospechoso de todo lo contrario, y al revés, el que diga que ser independiente es sinónimo de personalidad artística y valentía literaria miente. Y esto es así por muchas razones, entre las que destacaría:

En general, eres independiente:

―Porque ninguna editorial (de las que no cobran por editarte) te ha abierto su puerta ni se ha puesto en contacto contigo, bien porque tus obras no están maduras, porque no son comerciales o porque nunca se han…

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Nobel Lecture by Gabriel García Márquez (in Spanish) – Media Player at Nobelprize.org

Gabriel García MárquezLa soledad de America latina

 

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontabels. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fué tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Paris en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chilenoPablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la cuidad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aun se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, pais de tradiciones hospitalarias, ha huído un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fué para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los paises más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

From Les Prix Nobel. The Nobel Prizes 1982, Editor Wilhelm Odelberg, [Nobel Foundation], Stockholm, 1983

 

Lectura en el Nobel 8/12/1982: Nobel Lecture by Gabriel García Márquez (in Spanish) – Media Player at Nobelprize.org.

Ellos tienen la conciencia tranquila, ¿y nosotros?

amnistía internacionalEl trato que damos a nuestros semejantes que vienen de África es como mínimo espantoso. Todos nuestros ancestros vinieron de África y nos limitamos a poner vallas de protección contra otras personas iguales a nosotros.

Nuestros gobiernos y grandes empresas llevan varios siglos expoliando sus recursos materiales y las falsas descolonizaciones llevaron al poder a élites sanguinarias aupadas por el poder blanco. Esos gobiernos están respaldados por nosotros, no podemos decir que no sabemos nada.

Ni que decir tiene cuando nuestros antepasados europeos cazaban como animales a nuestros semejantes africanos, para venderlos como esclavos en las nuevas colonias americanas, conquistadas también a sangre y fuego.

Toda nuestra especie inició en África y los tratamos como a desconocidos, esta injusticia que no queremos ver nos llevará al desastre.

 

Video: El otro lado de la valla

Sentada en el fondo de un bar – capítulo uno

banner Sentada en el fondo del bar

 

En un hotel del centro de la ciudad de Panamá, uno cualquiera de esos hoteles económicos con pocos servicios y habitaciones diminutas, Pepe recibió una noticia que pasaría a formar parte de su colección de sentimientos de culpa. Esos sentimientos, que con razón o no, se van acomodando en el baúl de los recuerdos.

—¿Dígame?

—¿Camila está contigo? —Pepe escuchó la voz de Estela, muy alterada, desde el otro lado de la línea telefónica.

—No, ayer no estuvimos juntos.

—¿Cómo puede ser? Tampoco estuvo con nosotras en la casa y mi prima no ha llegado al trabajo.

—Qué extraño y ¿su celular?

—Nada, no contesta desde ayer, la llamé varias veces, pero pensé que estaba contigo y no le di importancia.

—Hay que ir a la policía.

—Yo no puedo ir, tengo los papeles caducados ¿Puedes ir tú?, por favor.

Pepe le contestó que sí, que no se preocupara. Se arregló tan rápido como pudo, bajó del hotel y agarró el primer taxi que pasó.

—Lléveme a la policía, a cualquier dependencia donde puedan atender la denuncia de la desaparición de una persona.

Ayer, Pepe no había llamado en todo el día a Camila. Precisamente era el día libre de la chica en el club y desde hacía un tiempo lo pasaban juntos. Hacía un par de semanas que estaba enojado con ella. Más que enojado, contrariado con el rollo, que siempre le soltaba, de formar una familia. Pepe notaba que se estaban encariñando peligrosamente y fue por eso que no la llamó. Ahora no sabía dónde paraba y se sentía un poco miserable. Por si fuera poco, el taxista llevaba colgados varios rosarios y un sinfín de estampitas religiosas donde no podía faltar el salmo 23; estaba harto de todas esas personas que dejan todo a la buena de Dios y no se ocupan de nada. El taxi olía fatal y realmente parecía un coche más apto para el desguace que para transportar personas. Llegaron a la policía. Pepe pagó los dos balboas de la carrera y se despidió del taxista; por suerte al taxi se le había estropeado el radio CD y no tuvo que escuchar ninguna música, ni infernal, ni religiosa, que no sé que hubiera sido peor para él.

El lugar donde llegó se parecía más a un tugurio de mala muerte que a una comisaría de policía. No había prácticamente nadie. Los agentes estaban relajados, con los cuerpos desparramados sobre unas sillas de escay que mostraban las sucias esponjas de su relleno entre las roturas de su piel de cubeta. Todos los agentes se encontraban detrás de un viejo mostrador de obra, todo sucio; la pared, que antaño debió ser crema, era de color chocolate, por decirlo de una manera suave.

—Buenas tardes —saludó Pepe.

—¿En qué podemos ayudarle?

—Vengo a denunciar la desaparición de una amiga.

—Tome asiento, ahora le avisamos para la declaración.

A los pocos minutos le hicieron pasar al otro lado del mostrador y le ofrecieron una silla delante de una mesa de una incierta antigüedad donde reposaba una no menos vieja máquina de escribir. Sin que él preguntara nada, le dijeron que la computadora se había averiado.

—¿Nombre de la desaparecida? —le preguntó uno de los agentes más jóvenes, después de haber anotado todos sus datos personales.

—Angélica Martínez, no sé su segundo apellido.

—¿Nacionalidad?

—Nicaragüense.

—¿Edad?

—Veintiún años.

—¿Estatura?

Aproximadamente uno cincuenta y cinco.

Así le formuló un sinfín de preguntas. Algunas las pudo contestar y otras las desconocía por completo. Le explicó lo poco que le había contado su prima por teléfono. Le dijo que trabajaba en un club y que los últimos meses salían juntos los días que libraba del trabajo. Su mirada y las risas de sus compañeros molestaron a Pepe. Les contó que  Angélica hacía dos noches que había abandonado el club donde actuaba —nuevas risas de los agentes— sobre las cinco de la madrugada, que iba borracha y que había tomado un taxi; el agente le preguntó si sabía el número del vehículo y le dijo que no.

—No se preocupe, hermano, ya sabe como son estas chicas. Seguro que se encontró con algún gringo que le ofreció dinero por pasar unos días con ella y se fue. No se preocupe, a las “señoritas” —dijo con sorna, el agente—  les gusta mucho la rumba. Usted tranquilo. Además, no es su problema.

—Si es mi problema o no, eso lo decidiré yo. Si tienen alguna noticia les agradecería que me lo comuniquen al celular que les he indicado, por favor.

—Váyase usted con Dios. Si sabemos algo le avisamos. Pero tómeselo con calma, hermano.

Pepe abandonó la estación de policía un poco desesperanzado. Se había dado cuenta de que dentro de las prioridades de los agentuchos no estaba el hacer alguna cosa por buscar a Camila. Tomó la  decisión de ir caminando hasta el club desde donde le había llamado Estela.

Llegó a los pocos minutos de caminar. La estación de policía estaba muy cerca de la calle 50. En la recepción del club pagó los treinta dólares del boleto y entró. Estela estaba en la parte superior de las escaleras que daban acceso a las salas situadas en la planta superior, ansiosa por ver a alguien que le diera noticias de su prima.

—Hola, Pepe ¿Fuiste a la policía? —le dijo, nada más entrar.

—Sí, pero estos tipos no sirven para nada. Tendríamos que hacer alguna averiguación por nuestra cuenta.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

—Lo primero, preséntame a vuestro taxista de confianza.

—Ahora no está.

—Me es igual. Llámalo al celular y dile que es urgente. Cuando llegue me avisas y yo bajo a hablar con él.

—De acuerdo, Siéntate por aquí y te llamo cuando llegue.

Pepe se sentó en la parte trasera del club, lejos de las pasarelas, y enseguida vinieron varias amigas de la chica a preguntar por ella. Les dijo que no sabía nada y les preguntó por la noche en que había desaparecido Camila. Ninguna quiso hablar con Pepe. Tan solo pudo averiguar qué fue de las últimas en salir y que estaba borracha como una cuba. Se enfadó con ellas y preguntó Porqué ninguna la había acompañado a su casa, aunque fuera para protegerla de su propia borrachera. Todas callaron y Pepe se tragó su indignación.

Pasó una hora, aproximadamente, cuando Estela llegó a decirle que el taxista se encontraba en la puerta.

—Dile que suba, no quiero hablar delante de los otros taxistas —Estela pidió a uno de los camareros que fuera a buscar al señor.

—Buenas noches. Me llamó Manolo, soy el taxista de confianza de Camila —era un señor de edad avanzada y, a primera vista, le pareció a Pepe, una buena persona.

—Encantado de conocerlo. Mire, como usted ya sabe Camila no ha aparecido desde la noche que abandonó el club, justo en su día libre. ¿Por qué no lo llamó a usted?

—Mire, señor, las chicas saben que si salen después de las cinco de la madrugada ya no me pueden llamar; nunca trabajo más allá de las cinco.

—¿Y usted no sabe que taxi tomó esa noche?

—No lo sé. Ya pregunté a todos los taxistas que paran en el club y no fue ninguno de ellos. Ella salió muy borracha y estaba muy grosera, ninguno quiso llevarla. Dicen que paró un taxi que pasaba por la calle.

—¡Que bola de estúpidos! Perdone que se lo diga: ustedes también viven de las chicas. Si ellas no estuvieran aquí ustedes tampoco tendrían trabajo suficiente; y resulta que el día que más los necesita no quieren llevarla. ¿Pero qué tipo de personas son ustedes?

—No se enoje, eso mismo les dije yo. Usted debe saber que yo las cuido mucho.

—No sé como lo va a hacer, pero necesitamos averiguar que taxi se llevó a la chica. Ya puede empezar a hablar con esos pendejos de allí abajo y a ver si entre todos consiguen saber algo. Si hay que pagar, yo le hago frente. Pero no tenemos tiempo que perder. La chica, si es que está viva, corre peligro.

—¡Por Dios! ¡No diga usted eso!

—Corra, por favor, hable con los compañeros y ya me informará. Iremos donde haya que ir. Anote mi celular y me habla con cualquier cosa.

—No creo que esta noche podamos ir a algún lugar. Primero tendré que preguntar a todos.

—Lo dejo en sus manos, pero hoy ya no trabaje más, yo le pago sus carreras, tenga cien dólares a cuenta, dedíquese a los taxistas. No dude en llamarme apenas sepa alguna cosa —el taxista agarró los cien dólares y bajo las escaleras del club.

Pepe se acercó a Estela. Estaba muy nerviosa; los dos presentían lo peor. Le dijo que no se preocupara, que iba a intentar averiguar qué pasó; le explicó que el taxista estaba en las primeras averiguaciones; le pidió que ella se ocupara de indagar que chica fue la que vio a Camila salir y tomar el taxi.

—Inténtalo, Estela. Sé que tienen miedo, pero es importante; cualquier pista nos puede servir. La policía no va a hacer nada por ayudarnos; tu prima está en nuestras manos.

—Ya les he preguntado, pero ninguna de ellas quiere hablar. Son unas cabronas.

—Necesitamos algún dato del taxi que tomó, es posible que alguna nos pueda dar una pista. Inténtalo de nuevo, hemos de averiguar alguna cosa por nuestra cuenta. Estoy muy preocupado, ésto tiene muy mala espina.

Seis falacias del libro digital

Antinomía libro

peligro_desprendimientos

En toda la literatura generada en estos últimos años por multitud de analistas de Internet y del mundo digital, aparecen una serie de aseveraciones que el tiempo y el mercado están contradiciendo a todas luces. Tengo muchos amigos consultores y analistas a los que he escuchado defender estos postulados, y en algún caso he discutido de manera apasionada y vehemente con ellos. Comparto en este post una serie de temas sobre los que mi experiencia personal en el interior del sector me llevan a pensar que una cosa es lo que Internet y la web 2.0 permiten (o posibilitarían), y otra muy distinta lo que ocurre en la realidad y en el corazón del mercado. En aras de la verdad debo también señalar que alguno de estos postulados también los he defendido yo en alguna ocasión. Veamos.

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