Relatos del futuro presente (1)

madre corazónTenía hambre y frío, hacía días que no veía a su madre. Ella le había dicho que se quedará dentro de la casita de madera. Estaba inquieta, le parecía demasiado tiempo para que su madre la dejara sola. En la casa ya no había nada de comer, hacía tiempo que ya no usaban la nevera y en el estante de la cocina donde guardaban habitualmente los alimentos estaba vacío. Fuera de la casa llovía, dentro de la casa escurrían hilos de agua que poco a poco encharcaban las paredes de conglomerado. El frio empujaba a la niña a enroscarse como un ovillo de lana, oía caer la lluvia y el ruido de las gotas al chocar con la cubierta de zinc, que techaba la casita, se le hacía ensordecedor. Tenía miedo, no sabía qué hacer. Pensaba que pronto dejaría de llover y cuando saliese la luz de la mañana iría a buscar a su madre. No sabía dónde ir, hacía poco tiempo que habían llegado a ese lugar entre los pocos pinos que quedaban junto a las naves industriales. Eran tiempos de penuria y muchas familias se habían refugiado en esa especie de bosque convertido en campo de refugiados de la llamada democracia española.

La chiquilla estaba en esa edad donde las niñas de familias “normales” ya empezaban a ir a la escuela. Ella no había accedido a  ninguna escuela, su madre le hablaba de que pronto podría ir, pero que primero tenían que estabilizar su situación. Se acordaba cuando vivían en su piso y podía pedir agarrar las cosas de la nevera, su padre todavía no había muerto. Los recuerdos del hallazgo de su padre se le hacían recurrentes, no podía evitarlos. La llegada alegre a su casa, esperando encontrar a su papaíto sentado en el sillón, la truncó el grito ensordecedor de su madre al abrir la puerta. Regresaban del parque donde habían estado jugando en los columpios, cuando de repente su madre gritó nada más abrir la puerta. Ella no pudo ver casi nada, alcanzó a ver la sombra que proyectaba el cuerpo de su padre colgado en el salón. Su madre la llevó directamente a la cocina y le dijo que no se moviera. Quería llorar y no pudo, estaba aturdida, pero alcanzó a escuchar las palabras de su madre entre gritos y llantos.

—Antonio, mi amor, ya te había dicho que saldríamos de esta. Tú no tenías ninguna culpa. Esos desgraciados son los culpables. Mi amor te has quitado la vida, lo único que no podían quitarte, y ahora yo sola con la niña y sin ti, sin el piso, sin dinero y sin tu amor.

Todo se precipitó poco después. Ahora la niña tenía miedo de que su madre también hubiera desaparecido.

Ana, la madre, estaba desesperada, sin fuerzas para seguir luchando, avergonzada por la vida que le estaba dando a su hija. La hambruna había llegado demasiado lejos, muchas personas estaban en una situación similar, en los campos circundantes a las ciudades habían crecido una infinidad de pequeñas chabolas hechas con cualquier tipo de desechos. Buscar entre las basuras de los barrios acomodados se había puesto muy peligroso, había mucha competencia y se llegaba a matar por unos mendrugos de pan y por si fuera poco la policía de las ciudades encarcelaba a las personas que rebuscaban en las basuras, la mendicidad estaba totalmente prohibida y el último gobierno de coalición la había tipificado de delito.

Todo había cambiado mucho en los últimos tiempos. Las agrupaciones electorales partidarias de acabar con el sistema nacido de la transición habían alcanzado el cuarenta por ciento de los escaños y el Partido Popular y el Partido Español (nombre que había adoptado el antiguo PSOE) habían formado un gobierno de Salvación Nacional. Ambos partidos habían llegado a la conclusión de que no se podían subvencionar las necesidades de toda la población. Los más pobres se quedarían al margen de las ayudas. Las escasas ayudas solo irían a las clases medias que tuvieran un mínimo de renta asegurada, los escasos recursos del estado no podían repartirse entre toda la población, habían decidido que era mejor salvar a unos pocos.

Eso de salvar a unos pocos dejando a unos muchos al pairo, esperando su suerte, no era solo en España, bueno, eso remarcaban día a día todos los medios de comunicación. Decían que era un problema global, que ya no había trabajo para todos. La población estaba dividida en dos: la mitad de pobres y la mitad de personas con sus necesidades básicas cubiertas; la mitad de la población apoyando a los partidos del gobierno y la otra mitad apoyando a los partidos que quieren cambiar el sistema, los anti-sistema, los llamaban los otros. No necesariamente eran los pobres los que apoyaban a los anti-sistema, ni los pudientes los que apoyaran a los partidos del gobierno, la cosa era mucho más complicada, hay para todos los gustos.

De los medios de comunicación muy poca gente se fiaba, los medios públicos han desaparecido totalmente, solamente existen los medios privados, dependientes de las grandes corporaciones y de las subvenciones públicas. También quedan algunos medios independientes, pero no pueden contrarrestar la influencia de los medios tradicionales apoyados por todos los poderosos.  En Europa habían decidido hacer lo mismo, pero con los países. Los países del norte que necesitaran ayudas puntuales de la comunidad europea las seguirían recibiendo. Los países del sur estaban en quiebra técnica y  se les cortaban todo tipo de subvenciones. Era el mismo planteamiento que para las personas en España: mejor salvar a los países viables y dejar a la buena de dios a los países totalmente endeudados.

Las iglesias de todas las confesiones se alinean con el pensamiento dominante, proclaman que esa es la voluntad de Dios, argumentan que en la tierra hay demasiadas personas y que es necesario concentrar las ayudas en lugar de ayudar a todas las personas.

—Son momentos de resignación a los designios del Señor, Dios salvará a los escogidos en la otra vida, es momento de oración y esperanza.

Continuara…

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