Relatos del futuro presente (2)

madre corazón

Ana llevaba cuatro días en la comisaría. La habían detenido rebuscando en unos contenedores de la plaza Mayor. No había encontrado nada entre los desperdicios. Estaba limpia en el momento de la detención. Sabía que la iban a soltar, pero la espera se le hacía interminable, su hija estaba sola en la casa. La policía acostumbraba a retener a las personas un mínimo de cinco días con el propósito de amedrentar a los rebuscadores de comida.

A pesar de la lucha contra los mendigos, las ciudades cada vez se hacían menos apetecibles para los turistas. Las agencias de viaje habían creado, hacía muy poco, una nueva modalidad turística enfocada a los jóvenes de las familias de altos recursos. Los anunciaban como “Safaris fotográficos. Pon un marginado en tu álbum”, se trataba de cazar a los marginados mientras buscaban entre los desechos. Estos “safaris” muchas veces desembocaban en razias indiscriminadas contra los pobres que deambulaban por las calles de las grandes ciudades. Las policías hacían la vista gorda, tenían órdenes estrictas de limpiar la ciudad. Los políticos del pacto de Salvación Nacional gobernaban en el noventa por ciento de los ayuntamientos y uno de los acuerdos era mantener limpia las ciudades de indeseables. El turismo de las grandes ciudades había sufrido un enorme retroceso en las estadísticas y los grandes conglomerados turísticos habían exigido mano dura contra todos aquellos que entorpecieran el desarrollo turístico de las grandes metrópolis.

Ana sabía de las razias aunque nunca había sufrido ninguna. La única vez que se había encontrado con algún turista, fue aquella vez que dos jóvenes rusas se habían pasado toda la noche junto a ella haciéndole y haciéndose un sinfín de fotografías, pero no se habían metido con ella. Lo único desagradable de su encuentro con las turistas fue cuando llegaron unas personas mayores, que deberían ser sus padres, y la increparon a ella después de regañar a las jóvenes. Ana no entendía lo que decían, pero sabía que la estaban culpando de alguna cosa.

Estaba en la celda preocupada por la niña, sabía que no había nada en la casa y que la niña, a su vez, estaría alarmada. No podía hacer nada, no tenía forma de comunicarse con ella. Se había confiado demasiado, no había previsto que una cosa así pudiera ocurrirle y no le había proporcionado un plan a su hija. No había planificado nada, solo podía esperar un día más y salir de la comisaría. Iría corriendo para la casita para socorrer a su hija, aunque no pudiera llevarle nada de comer ahora lo urgente era ver a la niña. Pensaba planes para alertar a su hija, por si le volvía a pasar ésto o algún que otro percance. Lo veía todo negro. A las amistades de antes, a las que aún conservaban el modo de vida anterior al cataclismo económico, era muy difícil pedirles ayuda. Todos estos cambios habían enmarañado las conciencias de las personas, la solidaridad entre las nuevas clases que aunque empobrecidas tenían lo indispensable para vivir y los pobres era muy difícil.

La lluvia se hacía cada vez más intensa, la luz de los relámpagos se colaba entre la minúscula ventanita iluminando la celda de la comisaria; a Ana le aterrorizaban desde pequeña, le confortaba que a su hija María no le dieran miedo, pero sabía que la niña estaría pasando frío y hambre si es que cualquier otra cosa peor no le había pasado ya. No quería llorar, se había prometido no volver a llorar jamás.

Continuara…

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