Relatos del futuro presente (3)

madre corazón

Ana, muerta de miedo, abrió la puerta de la chabola, su hija no estaba. Una nota con unas letras casi ilegibles parecía decir “mamá, voy a buscarte”. El corazón de Ana empezó a latir de una forma desbocada, un fuerte dolor oprimía su pecho, esta situación imaginada en la celda de repente se hacía realidad y le golpeaba el rostro dejándola sin respiración. Su desesperación estaba llegando al límite, pero estaba obligada a buscar a su hija, luchar con las pocas fuerzas que le quedaban. Inspeccionó el minúsculo aposento y tras comprobar que la niña no se había llevado nada en especial salió del cuarto.

Fue preguntando, chabola por chabola del exiguo pinar, si habían visto a su hija. Una señora mayor le dijo que sí, que vio a la niña preguntando por ella y la vio alejarse por la zona de las naves industriales. Un intenso dolor desesperado recorría todo el cuerpo de Ana, se sentía culpable de no haber dado a su hija las enseñanzas que requería el momento en el que estaban viviendo. No le habló de ningún plan en concreto para esta situación, nunca le dijo que la podían detener por rebuscar comida en los contenedores, nunca le dijo que hacer, ni a donde ir, pensaba que por su culpa la niña estaba en algún grave peligro.

Se dirigió a la zona industrial, las calles medio desoladas y los edificios en ruinas parecían salir de alguna película apocalíptica, solo mirar hacia el interior de las naves daba miedo. Personas totalmente desaseadas, con caras de desesperación se adivinaban en la penumbra. Ana quería entrar a preguntar, pero no podía imaginar que su hija se hubiera, ni siquiera, acercado a ese lugar. La zona industrial en ese estado reflejaba el fracaso social al que habían llevado los políticos corruptos y los ciudadanos anonadados al país.

Ana, aunque tenía una hija pequeña, no era demasiado joven, había sido una luchadora, en la fase final del franquismo, antes del advenimiento de la democracia en España, durante su preadolescencia. Después de la consecución del régimen parlamentario Ana dejó la política. Se dedicó a trabajar y a labrarse un porvenir, aunque nunca había ido a la universidad jamás le había faltado el trabajo. Nunca tuvo ningún empleo importante, pero siempre había podido vivir de su trabajo. Al cumplir los cuarenta años, cuando ya pensaba que nunca formaría una familia con ningún hombre, encontró a Antonio. Toni era el mensajero que habitualmente traía las cartas certificadas a la oficina donde ella trabajaba desde jovencita. Después de varios años de verse casi semanalmente durante las entregas de las cartas, Antonio la invitó a una obra de teatro que un grupo aficionado representaba en su barrio. Ana, un poco extrañada, aceptó la invitación. Esa obra de teatro fue el inicio de muchas otras salidas que les habían llevado a casarse y crear una familia. Después de unos pocos años Ana logró quedarse embarazada de María, el mejor regalo que ella jamás hubiera imaginado. Se había resignado a no ser madre y de repente fuera de toda posibilidad logró lo que muchas veces no la dejaba dormir por las noches, ese sentimiento de maternidad no realizada que le provocaba cierto sin sabor. Ana, a pesar de convivir con la frustración de no ser madre nunca había sido una persona amargada, era de esas personas que se van encontrando por la vida y con su sola presencia son capaces de alegrar el día a cualquiera. Pero de eso ya hacía demasiado tiempo, la crisis, el suicidio de su marido y la falta de recursos para subsistir las dos, ella y su hija, la habían convertido en una mujer desesperada, la chispa que llevaba dentro se había extinguido, se parecía más a un animal abandonado que a una madre que debía de luchar por su hija.

Ni tan siquiera se atrevía entrar en una nave industrial, el miedo y el desconcierto la atenazaban, hizo de tripas corazón y se decidió a entrar a la nave más cercana a la zona donde vivían.

—Buenos días, ustedes perdonen, estoy buscando a mi hija —sacó la fotografía que llevaba en su cartera y se la mostró a las personas—, ¿la han visto por aquí? Hace un día o dos que desapareció.

Las personas de la nave estaban tan atemorizadas y desconcertadas como ella, lo único que las diferenciaba de Ana era que a diferencia de ella se habían despreocupado por su aseo personal y siempre iban sucias. Todas las personas la miraban con unos ojos que se asomaban al abismo en que se había convertido su vida, unos ojos faltos de vigor que aduras penas se asomaban a sus respectivas cuencas con una incredulidad infinita.

—Hoy en día hay tantos niños deambulando por las calles que no le podría decir —se decidió a responderle una señora de avanzada edad.

Ana en su desesperanza ni se atrevió a preguntar más, se dio la vuelta y salió del edificio en ruinas. La calle era un reguero de naves industriales que habían sido abandonadas ya hacía años y que ahora servían de refugio a muchas personas excluidas de la sociedad, no eran pobres como los que había conocido Ana a lo largo de su vida, eran personas sin esperanza que deambulaban como zombis sin un lugar donde llegar. Ella misma poco a poco se iba convirtiendo en un espectro de sí misma. La única esperanza de Ana era saber que su hija no estaba sumida en la desesperación de los adultos y quería pensar que su instinto la habría alejado de las naves industriales. No sabía si volver a casa o esperar, ir a la policía era impensable, apenas hoy había salido de la comisaría. Tendría que ir hacia la Plaza Mayor, las calles que circundaban la zona vieja de la plaza estaban habitadas por las clases trabajadoras que aunque empobrecidas aún formaban parte del entramado social. Pensaba que su hija habría ido hacia allí, que habría sorteado las naves y se habría dirigido a una zona urbanizada y menos peligrosa.

Continuara…

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