Relatos del futuro presente (4)

madre corazón

Ana quiso caminar por las calles atestadas de naves industriales semiderruidas, pero ya no se atrevía a entrar a ninguna otra para preguntar por su hija. Deambulaba como sonámbula, se veía a ella misma como dentro de una película que se le antojaba de terror; una espectadora dentro del film. No podía reconocer los escenarios de la película, se habían convertido en totalmente desconocidos para ella. No podía comprender dónde había llegado, cómo era posible que ella formase parte de esa comunidad de personas despojadas de todo. Dónde quedaban sus sueños de niña, dónde se había quedado esa joven feliz y dicharachera que era Ana, la hija de su madre, ella misma. Dónde estaba, cómo había podido introducirse en esta película infernal, dónde estaba la salida, hacía dónde iba todo. Negros pensamientos que la distraían de lo que tenía que hacer, encontrar a su hija, esa hija que había dejado sola en el cuarto de madera y que por su culpa, por haber sido detenida había desaparecido.

Tras dar varias vueltas por las calles, aún mojadas, de la  zona industrial recordó que buscaba a su hija. Sin más pausas, rodeó las naves y se fue hacia la Plaza Mayor, “seguro que mi hija estará allí”, pensó al mismo tiempo que agilizaba sus pasos. Se restableció de su desesperación y caminó en busca de su hija. Cuarenta minutos tardó en recorrer el trayecto de las naves a la Plaza Mayor. No entró al centro, le daba miedo, los policías que vigilaban la plaza acosaban a los desposeídos, no querían ensuciar la imagen del país con personas mendigando, era prioritario para los políticos guardar las formas, que pareciera que todo era normal, que nada había pasado con los desheredados. Ana iba limpia, pero su ropa ajada la delataba, cualquiera podía ver que no era una de los pocos trabajadores que no habían perdido su empleo. Precisamente los trabajadores que no habían sido expulsados de la sociedad se preocupaban de ir muy bien vestidos, mucho mejor que antes de la hecatombe en la que había caído el país. Esa hecatombe que contaban como inevitable en los medios de comunicación, convertidos en medios de propaganda del régimen político de los dos partidos, el azul y el colorado. Ese sacrificio enorme al que habían inmolado a muchos millones de personas. La desigualdad social en España había adquirido unas proporciones imposibles de creer para la población que aún podía comer todos los días. El miedo volaba por encima de las personas y se apoderaba de sus corazones. El miedo a ser expulsados de la sociedad tenía atenazada a casi toda la población. Ya casi no había inmigrantes, estaban siendo eliminados de las calles, el gobierno de salvación había promulgado una ley de expulsión de todos los inmigrantes que no tuvieran un certificado de solvencia económica, no era delito matar a ninguno de los indocumentados. Algunos religiosos hacían campaña en contra de la matanza de inmigrantes, pero no tenían ningún apoyo de las cúpulas religiosas que avalaban la inevitabilidad del sacrificio.

Ana acurrucada entre las sombras de los portales de la plaza buscaba con su mirada a su niñita, se arrastraba por las paredes más oscurecidas mirando atentamente por el centro de la plaza.

—Ana, ¿qué haces aquí? Te pueden detener.

—Estoy buscando a María, ¿la has visto?

—No, es peligroso estar por la plaza tal como vas vestida.

—Tengo que buscar a mi hija, ha desaparecido, estoy desesperada. ¡Ayúdame! ¡Por favor! ¡Ayúdame! —Dijo Ana, con un llanto seco, las invisibles lágrimas se asomaban a sus ojos convertidas en polvo del camino.

—Es muy peligroso, Ana, qué más quisiera, pero estamos pendientes de un hilo, el dinero que ganamos casi nos tiene al límite. No podemos cometer ningún fallo, si nos despiden estamos muertos.

—¿No sirve de nada que hayamos sido amigas toda la vida?

—La situación se ha puesto muy fea, tenemos miedo, es muy peligroso ayudar a la gente y más a los que estáis fuera de la sociedad. Tú lo sabes. Me tengo que ir, cuídate, por favor, mañana si puedo te llevo algo de comida al pinar.

Continuara…

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