Relatos del futuro presente (5)

madre corazón

¡Toc, toc!

—¡Anaaaa! ¡Ábreme! ¡Soy Pilar! Vengo a traerte algo de comida. Sé que estás ahí. ¡Ábreme!

Pilar, junto a la puerta de la chabola, escuchaba atentamente, no conseguía oír ningún tipo de ruido proveniente del interior de la habitación. Veía el candado de la puerta cerrado por dentro del cuarto. Pegó su oreja a la puerta, pero nada, no se oía ni el mínimo rumor, silencio absoluto. Gritó un par de veces más, sin obtener respuesta. Se empezó a poner nerviosa, no sabía qué hacer, forzar la puerta le parecía demasiado agresivo, pero por otra parte irse sin intentar ver lo que pasaba aún le parecía peor. Fue dando la vuelta a la pequeña casita sin despegar la oreja de la pared, intentando escuchar cualquier sonido; nada, no se escuchaba el más leve murmullo. Se debatió en sus dudas unos pocos minutos más hasta decidir golpear la puerta con todas sus fuerzas.

Después de varios empujones, los débiles herrajes de la improvisada cerradura cedieron a la fuerza de su cuerpo, la inercia acumulada en la lucha por abrir la puerta le hizo abalanzarse hacía el centro de la habitación, cayéndose sobre el cuerpo de Ana que se encontraba inmóvil en el plástico que recubría el suelo de la precaria vivienda. Rápidamente pegó su oreja en el pecho de Ana para escuchar el latido de su corazón.

El corazón de Ana latía,  Pilar respiró hondo y se dispuso a zarandear el cuerpo de su amiga para hacerla reaccionar.

—Anita, por favor, despierta, ¿qué te pasa? Despierta por favor, te he traido unas manzanas. ¡Por favor! ¡Ana! No me asustes, despierta.

Pilar se sentó junto al cuerpo que yacía totalmente desmadejado y vio sujeta a sus manos una braguita infantil. Pilar se sobresaltó, la ropa interior estaba ligeramente  manchada con sangre. Se levantó para buscar algo de agua, encontró un botellón de cinco litros con más de la mitad de su  capacidad de agua, abrió el tapón de rosca y empezó a mojar la cara de Ana, primero con suavidad y luego de una forma más enérgica. Por fin, Ana reaccionó y empezó a despertarse lentamente.

—¿Quién eres?

—Soy Pilar, tu amiga de la escuela, he venido a traerte algo de comer.

—¿Dónde estoy? —Preguntó Ana todavía aturdida por el sueño.

—En tu casa, tranquila, despiértate poco a poco, luego hablamos.

Ana no quería despertar dentro de la pesadilla en la que se había convertido su vida, quería dormir para siempre, no podía afrontar la cascada de acontecimientos en la que se había convertido su cotidianidad. Miraba con aire de incredulidad a su amiga, le parecía imposible que alguien se apiadara de ella, ya nadie ayudaba a nadie, el temor era permanente y se había convertido en el sentimiento más común entre las personas. El temor se superponía a todos los demás sentimientos y convertía a los ciudadanos en personas sin esperanza, la lucha por lo mínimo se había tornado en el único horizonte de la vida.

—Si ya estás más tranquila intenta incorporarte —dijo Pilar.

—No puedo, el dolor que siento me lo impide. Mira —le dijo mostrándo la ropa interior— la encontré cuando regresaba de la plaza, son de María.

—¿Estás segura?

—¿Cómo no iba a estarlo? Las encontré en el hueco de un árbol, cerca de las naves. No quiero levantarme, ya no puedo más.

—Pero Ana has de hacer un esfuerzo, yo te ayudo.

—No tengo ánimos. No pude ni cuidar de mi pobre hijita, no sirvo para nada.

—¡Calla, mujer! Estás aturdida, déjame ayudarte y todo se solucionará.

Continuara…

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