Relatos del futuro presente (7)

madre corazón

Pilar consiguió que Ana se incorporase. A duras penas pudo sentarla en el banco de madera que conformaba el único asiento de la chabola.

—Explícame todo con tranquilidad, Ana, despacito.

—¡Ya te he dicho! Estas son las bragas de María —le dijo, alzando la voz y sacudiendo la prenda con todas sus fuerzas.

—¿Dónde las encontraste?

—¡Ya te he dicho! ¡En el hueco de un árbol, al inicio de las naves industriales viniendo del centro! ¡Dónde estará mi niña! ­—gritaba con un grito ronco, que apenas podía salir de su garganta.

—Te voy a ayudar a encontrarla, tranquilízate, volveremos a las naves y donde haga falta.

—¿Qué puedo esperar? ¡Dime, Pilar! ¿Qué puedo esperar? —los sonidos salían por entre la cascada de lágrimas que le brotaba de sus ojos cansados.— Pregunté en las naves y nadie sabía nada. Fui a la plaza y tampoco pude encontrarla.

—Tendremos que ir a la policía, no queda más remedio.

­—¡No, a la policía no! No sirve para nada, nosotros no tenemos la menor importancia, no perderán su tiempo para encontrar a una  niña de una familia excluida. No me fio de ellos, ellos mismos pueden haberla raptado.

—Ya iré yo, diré que es mi sobrina y que ha desparecido, tengo que hacerlo.

—Si les dices que desapareció de mi casita, ni caso te harán y encima podrás tener problemas. Si se entera Juan se muere del susto.

—A Juan no le pienso decir nada, no está preparado para esto, si quieres antes de ir a los polis te acompaño a indagar más por las naves industriales.

Ana no sabía que contestar, todo el día anterior se lo había pasado buscando a su hija y el descubrimiento de su ropita interior manchada de sangre la había desanimado totalmente. Regresó ya entrada la noche, se estiró en el suelo de la choza y entre la desesperación y los interminables lloros, se había quedado dormida. No podía pensar, la cabeza le daba vueltas y los pensamientos eran totalmente redundantes, de su hijita a la chabola, de la chabola a la nave, de la nave a la plaza y de la plaza al árbol y vuelta a empezar. No podía articular pensamientos positivos que la permitieran pensar en organizar la búsqueda de su hija. Estaba extrañada con la solidaridad que le ofrecía Pilar pero a la vez contenta, hacía tiempo que no sentía la sensación de estar apoyada por otra persona. Sabía que Pilar quería ayudarla y ella era incapaz de darle datos que la pudieran orientar.

Tampoco Pilar tenía demasiada claridad de ideas, la desaparición de la hija de su amiga junto al miedo que le provocaba la situación no le dejaban ver las cosas con nitidez. En una situación de normalidad, como no hacía tanto, sabía que lo único lógico era ir a la policía, denunciar el hecho y esperar a que la policía actuase con diligencia, pero ahora también ella tenía sus dudas. Sabía que la policía había dejado de estar al servicio de los ciudadanos, se habían convertido en un cuerpo prácticamente privado al servicio del poder y de las clases adineradas, todo había cambiado, el bien común no preocupaba a nadie.

—Quédate aquí voy a casa a buscar unas ropas para que te vistas, vengo enseguida y nos vamos a buscar a la niña.

—No tardes mucho. Estoy desesperada.

Pilar salió de la chabola y Ana se quedó sola, estaba aturdida y no sabía qué hacer. Se levantó del banco. Agarró un jarrito de porcelana totalmente descascarillado y vertió en él agua del envase de plástico que había en la cocina. Encendió el pequeño camping gas que tenía y lo puso a calentar. En una taza de barro no menos descascarillada puso una cucharada de manzanilla que sacó de un bote de plástico de Colacao, al ver el envase se acordó de María y empezaron a brotar unas ligeras lágrimas de sus cansados ojos. El agua llegó  a su punto de ebullición y Ana la vertió en la taza, esperó unos minutos y se dispuso a beber la infusión mientras esperaba a su amiga. Aunque Pilar se dio toda la prisa posible la espera se le izo eterna a Ana.

—¡Ábreme! Ana, soy yo.

—Entra, Pilar. Se me izo larga la espera.

­—Vine lo antes que pude, he traído varias cosas, escoge algo y arréglate bien. Te traje unos afeites para que te veas bien guapa.

—No tengo ganas de hacer nada.

—Ya sé, sé que es difícil, pero hemos de ir arregladas, sabes que en estos tiempos las apariencias cuantas más que nada. Hemos de salir y hacer algo por tu hija, tienes que hacer de tripas corazón, no tienes de otra.

Ana empezó arreglarse sin demasiadas ganas. Ella sabía que su amiga llevaba razón, tenía que parecer una trabajadora normal, no podía salir vestida como una desheredada, era la única posibilidad que las tomaran en serio. Por fin terminó de arreglarse con la ayuda de Pilar y las dos partieron de la casa en pos de una búsqueda incierta.

Continuará…

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