La crisis de Siria

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En diciembre se cumplen quince años desde que vivo en un país que no es el mío. Caí en Barcelona por casualidad, porque conocí a una catalana y me quedé a vivir con ella. Pero podría haber conocido a una madrileña, o a una andaluza, y entonces no escribiría esto. Porque ahora, quince años después, empiezo a entender a los catalanes y a sus asuntos. No quiero decir que me convencieron (un argentino que cambia de opinión es un uruguayo) pero sí puedo confesar que cuando llegué, en el año 2000, sus afanes de independencia me daban risa. Así como ahora el Barça es la excusa global para que los extranjeros vislumbren el conflicto catalán, en los tiempos analógicos los argentinos teníamos únicamente a Serrat como ancla de conocimiento geopolítico. Pero como somos narcisos, preferíamos que Serrat nos hablara sobre nuestros traumas, y no sobre el suyo. La primera vez que escuché el idioma catalán fue cuando di vuelta un casete y empezó a sonar una canción que se llama «Pare», que quiere decir Padre. Yo tenía doce años y apreté el botón de stop. Pensé que la cinta patinaba y que la voz de Serrat había empezado a sonar en reversa, como en esos discos de Kiss que, cuando se escuchan marchatrás, nombran a Lucifer.  Es raro lo que nos pasa a los argentinos con lo catalán: convivimos con su cultura (porque en el siglo veinte llegaron un montón) pero no tenemos clara su huella. Cuando decimos patedefuá sabemos que viene del francés, cuando decimos laburo entendemos que atrás hubo italianos, pero cuando decimos capicúa no sabemos que eso significa cabeza-y-cola. Ni que el nombre Maricel fue siempre mar-y-cielo. Ni que el modo argentino de decir piyama, cambiando la jota por el yeísmo, también es un legado de ellos. Es por esto que lo primero que pensé, cuando llegué a Barcelona, es que los catalanes eran snobs. Que se querían diferenciar, que se sospechaban privilegiados respecto del resto, que lo que tenían no era tirria sobre lo madrileño sino una obsesión oculta. Tenía la intuición de que su amor por la lengua era sobreprotección. Que cuidaban a su idioma como los padres cuidan a un chico débil que no se puede defender; que no lo dejaban vivir en paz, que no le abrían el portón para que jugara con otras lenguas en la plaza. Que encerraban a su idioma en casa y entornaban las ventanas. Que le tomaban la temperatura cada hora y media, creyendo que se iba a morir si no lo abrazaban fuerte. Creí, en esos años, que un día se iban a dar cuenta, tarde y sin remedio, que de tanto cuidar la lengua se la habían mordido.

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