De acuerdo, manda el IBEX… ¿Pero quién manda en el IBEX? | ctxt.es

MADRID | 1 DE MARZO DE 2016

Vicente Aleixandre nos advertía: “No confundáis sus plumas, sus alisadas plumas, con el torso de una paloma. No penséis en el pujante acero del águila. Por el cielo las garras poderosas detienen el sol”. Hoy se acercan viejos fantasmas restauradores, maquilladores de la élite dirigente en diferentes periodos de la historia de España, aún activos gracias a los partidos emergentes y su necesidad de acercarse a su par ideológico. El empate técnico que dibujó el 20D y la consiguiente necesidad de generar alianzas ha hecho que todos participen en un juego de limpieza semántica del otro, de redefinición de los límites amigo-enemigo, reemplazando la crítica estructural del adversario (como expresión de unos intereses, como partido de clase, definido por una trayectoria histórica), por categorías líquidas político-partidarias (los partidos son sus líderes y sus votantes y, por tanto, susceptibles de cambios).

Esto refleja el predominio de una forma cinematográfica y épica de leer las negociaciones y sus aristas (Pablo el villano, Pedro el inocente, Rajoy el inconsciente), propia de series como Juego de tronos o House of cards. Como consecuencia, el conflicto político queda circunscrito a una pugna parlamentaria entre líderes, evitando ver su origen más allá de esta.

Como herramienta pedagógica, quizá sería bueno rescatar la serie televisiva producida por Martin Scorsese, Boardwalk Empire, para interpretar la situación actual. En ella se retrata la vida del tesorero de la próspera Atlantic City (Steve Buscemi) a inicios del siglo XX, un cargo público (menor) dedicado a gestionar las arcas de la ciudad. No obstante, detrás de su pretendida función, se manifiesta su rol como articulador de los negocios de la urbe. Como tal, recibe una renta de los negocios del lugar, promociona a aquellos que le han apoyado durante la campaña electoral, y hunde a aquellos que osan enfrentarse a él. Su posición viene facilitada por un hecho: él construyó aquel lugar y fue quien puso a cada uno de los que ocupan un puesto de importancia. Sin embargo, su poder se tuerce con la aprobación de la ley seca y la entrada de nuevos competidores.

Es la política vista desde el conflicto entre clases pudientes, y las transformaciones sociales que originaron dicho conflicto.

Siguiendo esta lectura, la política en España parece rodar hoy por similares derroteros. La corrupción estructural y las tres crisis sistémicas (del régimen político, del modelo financiero/económico, y del bloque mediático y propagandístico) que la acompañan así lo indican: en los últimos 25 años, la política (desde la monarquía hasta las pequeñas instituciones locales) ha servido para mediar y medrar entre empresarios necesitados de contratos, facilitando adjudicaciones, licencias, recalificaciones, favores, fusiones, tanto dentro como fuera del país.

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La verdad, esa gran versión | Babelia | EL PAÍS

Foto¿Verdad o versión? La alianza entre realidad y literatura, entre lo vivido y lo contado, es un matrimonio tan inquebrantable como tambaleante. Y fantasioso. ¿O acaso alguien puede poner la mano en el fuego por la autenticidad de un recuerdo, de una historia, o por la originalidad de una frase, una trama, una obra? Las sensaciones pueden ser dignas de creer, y ni con esas, pero los episodios de la vida propia y ajena trasladados al ISBN pueden ser espejos cóncavos de los que no hay que fiarse. Las razones últimas de la creación están, o pueden estar, en la deformación.

Tres escritores en mayúscula y una lúcida psicóloga reflexionan desde distintos puntos de vista sobre la verdad y la literatura en sendos libros imprescindibles para frikis de un género minoritario, sí, pero irresistible: la escritura sobre la escritura. Sobre el arte, sobre los motores de la creación. Son: Cuarenta y un intentos fallidos, de Janet Malcolm (Debate); El buen relato, que recoge un intenso debate entre el Nobel de Literatura J. M. Coetzee y la psicóloga Arabella Kurtz (Literatura Random House), y Hambre de realidad, de David Shields (Círculo de Tiza). A través de estilos y géneros dispares, pero todos situados en el terreno de la no ficción (reportajes, correspondencia y una colección de tesis y aforismos), los cuatro autores miran hacia el interior de sí mismos o de sus personajes en busca de algo tan difícil de agarrar como el modo y la razón por los que, en medio de la confusión, escribimos, pintamos, creemos en el arte.

“No existe lo real como algo acordado; solo hay versiones de la realidad”, responde David Shields (Los Ángeles, 1956). “Me interesan la escritura y la lectura como una metáfora de la condición humana”.

Su libro Hambre de realidad es una bazuca de ideas brillantes y amontonadas, a veces contradictorias, frases que provocan y despistan, pero que actúan como un concurso de moldes que compiten entre sí para darnos un encaje. Por ejemplo: “El arte no es la verdad, el arte es la mentira que nos permite reconocer la verdad”.

vía La verdad, esa gran versión | Babelia | EL PAÍS.

vía La verdad, esa gran versión | Babelia | EL PAÍS.

¡Estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie! | Jus ¡Colabora!

 

Rembrandt_Harmensz._van_Rijn_092Joan Carles Guisado

 

“Hubiera querido nacer en un país en el cual el soberano y el pueblo no tuviesen más que un solo y único interés, a fin de que los movimientos de la máquina se encaminaran siempre al bien común, y como esto no podrá suceder sino en el caso de que el pueblo y el soberano fuesen una misma persona, dedúcese que yo habría querido nacer bajo un gobierno democrático sabiamente moderado. (…) Hubiera, pues, querido que nadie en el Estado pudiese pretender hallarse por encima de la ley, y que nadie desde fuera pudiera imponer al estado su reconocimiento; porque, cualquiera que sea la constitución de un gobierno, si se encuentra un solo hombre que no esté sometido a la ley, todos los demás hállense necesariamente a su merced“, escribía, ya en 1755, Jean-Jacques Rousseau en elDiscurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

Si comparamos los gobiernos de cualquier país del mundo,  incluyendo las instituciones privadas de cualquier tipo, con los deseos de Rousseau, veremos con cristalina transparencia que a ninguna de esas organizaciones se les puede considerar “un gobierno democrático sabiamente moderado”. Todos los líderes se preocupan de no ser iguales a sus subordinados ante la ley, se sitúan por encima de ella y en la mayoría de los casos avalados por leyes que ellos mismos han promulgado. Muchas constituciones llamadas democráticas tienen artículos donde se establece algún tipo de “irresponsabilidad” en los actos de los gobernantes. Un ejemplo de irresponsabilidad es la que otorga la constitución española a su Rey, en el artículo 56 se lee “3. La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.”. Evidentemente a Jean-Jacques no le gustaría vivir en la España actual, no le gustaría estar a la merced de su soberano. El problema para Rosseau sería mayor al comprobar que no existe, en el mundo actual, gobierno acorde con sus deseos.

Hay muchos países con regímenes que generalmente se consideran democráticos donde quizás no podamos encontrar, en sus leyes, un texto tan anacrónico como el citado anteriormente,  pero que de hecho los lideres no solo tienen todo tipo de privilegios sino que se sabe que están involucrados en todo tipo de atropellos contra sus gobernados,  llegando incluso a las matanzas de todo tipo.

¿Cuál es el origen de la desigualdad moral entre los hombres?

Casi con seguridad todo esto de la desigualdad; de la sociedad dividida en clases; del acaparamiento de los alimentos en manos de unos pocos empezó con el dominio de la agricultura, que permitió acumular alimentos en manos de unos pocos. Ese logro tan importante para el acceso a la condición humana llevaba en su seno el germen de la desigualdad que tanto hace sufrir a muchas poblaciones. Poco podían imaginar nuestros ancestros cazadores–recolectores que esa mejora objetiva les llevaría a unos episodios terribles para la especie humana. “La transición de la caza y la recolección a la agricultura suele considerarse como el paso decisivo en el progreso de la humanidad, por cuanto permitió asegurarse la fuente permanente de alimentos y el tiempo de ocio que eran requisitos previos del desarrollo de la civilización moderna. No obstante, al estudiar con mayor detenimiento esa transición se llega a una conclusión muy distinta: para la mayoría de las personas, la transición a la agricultura se tradujo en enfermedades infecciosas, malnutrición y acortamiento de la vida. En lo que respecta a la sociedad humana en general, la transición empeoró la condición de las mujeres e introdujo la sociedad de clases. Más que ninguno de los hitos que marcan el camino de la condición simiesca a la humana, la agricultura combina inextricablemente las causas del ascenso de la humanidad con las de su caída.””, dice Jared Diamond en su libro El tercer chimpancé.

 

 

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Albert Sales: “El control la marginalidad pasa por criminalizar a la persona en situación de pobreza”

Albert Sales / Enric CatalàSales sostiene que en España la mayoría de la población reclusa proviene de entornos empobrecidos y es condenada por trapicheos vinculados a la miseria.

El politólogo prevé que en un futuro un tercio de la población sufrirá carencias materiales importantes y casi no se generará trabajo asalariado.

Albert Sales (Barcelona, 1979) es politólogo y sociólogo. Actualmente es profesor del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra y del Departamento de Derecho Público de la Universidad de Girona. A lo largo de su trayectoria, Sales ha realizado investigaciones sobre exclusión social, pobreza urbana y condiciones laborales. Activista comprometido con los movimientos sociales, en su último libro El delito de ser pobre (Icaria Editorial) reflexiona sobre la gestión neoliberal de la marginalidad. A grandes rasgos, plantea que, en medio de una creciente extensión de la pobreza y las desigualdades, las ayudas públicas son sustituidas por filantropía privada, denuncia la utilización del sistema penal como instrumento de sumisión de la marginalidad y critica que se culpabilice a la persona de su situación de exclusión social y no se aborde el problema desde un punto de vista estructural.

Se produce, según dice en su libro El delito de ser pobre, una criminalización de la pobreza.

El modelo de control de la miseria o la marginalidad pasa para criminalizar a la persona en situación de pobreza haciéndola culpable de su situación y diciéndole que si trabaja podrá llegar dónde quiera cuando, eso, es totalmente falso. Se utiliza el sistema penal para frenar cualquier disidencia política y social cada vez con más mano dura con la excusa de que hay violencia en la calle. Ahora no hay más delincuencia que en los años 80. Es la excusa para que el sistema penal actúe como contención de la marginalidad. El resultado es una hiperinflación carcelaria. Estados Unidos nos muestra el camino, con 700 personas recluidas por cada 100.000 habitantes.

¿Qué se busca poniendo en la prisión a estas personas de entornos marginales?
Hay una escalada del populismo punitivo. Es una tendencia que se inició en los años 80 en los Estados Unidos y Gran Bretaña en paralelo a las reformas económicas y sociales del neoliberalismo. Y supone un replanteamiento de las políticas, no sólo de las políticas penitenciarias y penales, sino de las políticas sociales. Se produce una contrarreforma del sistema de bienestar en el que se intenta hacer pasar por excusas todas aquellas explicaciones estructurales de la delincuencia. Siempre que se intenta explicar que una persona que delinque es porque ha crecido en un entorno desfavorecido, se acusa a los investigadores de estar dando excusas sociológicas y se intenta transferir la responsabilidad de las situaciones que se pueden dar en la sociedad a la persona, a la capacidad de elección de cada uno.

Siga con su discurso.

Las reformas económicas, la erosión del mercado laboral, el hecho de que las carreras laborales se fragmenten, la reconversión de la gente constantemente para encontrar trabajo y adaptarse a las nuevas situaciones generan muchos miedos y muchas incertidumbres personales. El principal problema de muchas personas es saber si de aquí a dos meses tendrán trabajo. Pero delante de todas estas incertidumbres e inseguridades, no se produce una discusión política. Estas inseguridades se dan como algo natural. Es el problema individual de cada uno ante una evolución natural de las cosas. El problema no se aborda desde un punto de vista estructural. Tampoco hay unas fuerzas mayoritarias de izquierdas que digan que el problema es estructural, que este mercado de trabajo es inaceptable. Se nos da por hecho que esta globalización es un fenómeno que no se puede frenar, que nos ha llevado hacia donde estamos ahora. De aquí, todo el discurso de que hay que ser competitivos a nivel internacional, que se tiene que flexibilizar el mercado laboral, que se tiene que privatizar y se tienen que recortar las prestaciones sociales.

  ¿Estas causas estructurales dónde tienen su origen?

Las economías del bienestar se generaron después de unos grandes traumas históricos, dos guerras mundiales, y a partir de las conquistas del movimiento obrero. El movimiento obrero consigue unas concesiones por parte del capital con forma de estado del bienestar. Durante este estado del bienestar se entiende que la pobreza es algo marginal. El crecimiento económico arrastra a todo el mundo hacia un cierto bienestar. ¿Cuál es el problema? Que en el momento en que se aplican las medidas de retroceso, las contrarreformas neoliberales en el estado del bienestar, el riesgo de pobreza se extiende hacia una población mucho más amplia y afecta a las llamadas clases medias europeas.

La llamada nueva pobreza no para de crecer.

Cuando se empiezan a aplicar las contrarreformas liberales se sacan una serie de cojines sociales y muchas personas empiezan a caer en situación de exclusión. Son nuevos perfiles de pobreza. Pero la nueva pobreza que se nos ha vendido que está vinculada a la crisis, es una nueva pobreza que empieza a aparecer a partir de los años 70 y 80. Y esta nueva pobreza también se trata desde la misma visión que en los estados del bienestar pero en un marco diferente y más amplio.

O sea, según usted, ahora se continúan repitiendo los mismos errores en la gestión de la pobreza.

Continuamos pensando en la persona en exclusión como la persona que no sabe gestionar su propia vida y que, además, quiere depender de los servicios públicos. Los medios y los políticos han reproducido discursos muy peligrosos. Se defiende que las personas viven en la pobreza porque no tienen ganas de trabajar, o porque no son bastantes emprendedoras. Durante la crisis, primero, se ha hablado de que los parados no buscan trabajo porque tienen subsidios, y cuando todo el mundo acepta que el mercado español es disfuncional y que no volveremos a generar ocupación para dar trabajo a todas estas personas que están en el paro, entonces empiezan a hablar de emprender. Se insiste en qué hay un problema de emprendedores y los discursos se centran en que las personas que lo están pasando peor son parásitos de la sociedad. Y si encima se trata de una persona en situación de vulnerabilidad que delinque o hace actividades mal vistas o al límite de legalidad, se produce una represión muy dura. Hay un elemento penalizador y criminalizador de cualquiera que se encuentre en situación de pobreza y no haga esfuerzos titánicos para volver a entrar en un mercado laboral cada vez más precario e indigno.

 

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Orsai » Revista » Mi padre, el cartaginés

▣ ESCRIBE JUAN VILLORO
▣ ILUSTRA RICHARD ZELA

En un ensayo imperdible, el escritor mexicano Juan Villoro habla por primera vez del filósofo mexicano que aconseja al Subcomandante Marcos: Luis Villoro, su padre.

A principios de 2006 mi padre asombró a todo mundo preguntando por precios de motocicletas. A los dieciocho años yo le había pedido un préstamo para comprar la más modesta de las motos. Aunque mi fantasía aconsejaba una Harley Davidson —digna de la película Easy Rider y sus melenas al viento—, me conformé con codiciar una Islo, de fabricación local.

Jamás hubiera convencido a mi padre de adquirir un poderoso talismán norteamericano. En cambio, confiaba en su apoyo a la industria vernácula. La moto Islo debía su nombre al empresario mexicano Isidro López.

La Revolución y la Independencia, gestas que cumplen cien y doscientos años, marcaban la agenda familiar. Mi padre había escritoLos grandes momentos del indigenismo en México y La revolución de independencia, versión doméstica del Antiguo y del Nuevo Testamento: lo que hacíamos derivaba de ese intangible sistema de creencias.

Miembro del grupo Hiperión, mi padre pertenecía a una corriente que combinó los suéteres de cuello de tortuga del existencialismo con las artesanías de barro de la antropología nacionalista. Siguiendo a Samuel Ramos, precursor de la filosofía del mexicano, los hiperiones hablaron de las esencias nacionales. Su empeño fue paralelo al de Octavio Paz en el ensayo literario (El laberinto de la soledad), Rodolfo Usigli en el teatro (El gesticulador), Santiago Ramírez en el psicoanálisis (El mexicano: psicología de sus motivaciones) y Carlos Fuentes en la novela (La región más transparente). Todas las expresiones artísticas, del muralismo a la fotografía, pasando por la música, la danza y la pintura de caballete, participaron de ese fervor nacionalista.

La identidad fue precisada por los nuevos filósofos: Jorge Portilla se ocupó de la “fenomenología del relajo”, Emilio Uranga de la ontología del ser local y mi padre de la mentalidad prehispánica y las ideas de independencia. Un atávico complejo de aislamiento se rompía al fin para aceptar nuestra diferencia, encarar a los otros sin remilgos y ser, como pedía Paz en la última línea de El laberinto de la soledad, “contemporáneos de todos los hombres”.

Cuando tu padre se compromete tan en serio con las esencias nacionales no puedes pedirle una Harley Davidson. Mi moto sería mexicana o no sería.

Pero él no apoyó la iniciativa. En los años setenta del siglo pasado, las motocicletas le parecían aparatos para hippies con demasiada prisa para llegar a la sobredosis.

Treinta años después mostraba una rara curiosidad por ese tema. La causa solo podía ser política y de preferencia indígena. En efecto: el subcomandante Marcos había decidido salir de la selva chiapaneca para recorrer el país en un itinerario que llamaba “la otra campaña” y pretendía demostrar que ninguno de los candidatos a la presidencia valían la pena. Su repudio a los políticos conservadores se daba por sentado. Más compleja era su oposición a Andrés Manuel López Obrador, candidato de la izquierda con francas posibilidades de ganar. Antes de subir a una moto de aspecto sub-Isidro López, es decir, de repartidor de pizzas, declaró al periódico La Jornada: “López Obrador nos va a partir la madre”.

Ignoro si mi padre participó en la compra del vehículo. Lo cierto es que recibió la puntual visita de un mensajero del EZLN con nombre de personaje de García Márquez (Arcadio Babilonia, digamos), donó fondos para la “otra campaña”, hizo su enésimo viaje a Chiapas y sumió a sus hijos en las repartidas cuotas de admiración y desvelo que nos despiertan sus causas sociales.

Interesado en la democracia participativa que se fragua en los Caracoles (formas de gobierno indígena), que considera superior a la democracia representativa y corruptible del resto del país, mi padre desaparece de tanto en tanto rumbo a Chiapas, vestido como para participar en una mesa redonda. Una semana transcurre sin que podamos localizarlo. Regresa con fiebre y se recupera con una terapia que ha perfeccionado a sus ochenta y ocho años: se acuesta durante tres días y mastica aspirinas.

Marcos consideraba que su recorrido por el país lo emparentaría con el Che de Diarios de motocicleta. Los símbolos han sido la parte más resistente de su lucha. Se levantó en armas el 1 de enero de 1994, cuando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá entraba en vigor. El país se acostó con un sueño de primer mundo, pero los zapatistas pusieron un despertador que mezcló los tiempos: nuestro auténtico presente quedaba en el pasado. Diez millones de indígenas vivían en condiciones cercanas al neolítico.

Desde entonces, la guerrilla del EZLN ha dependido de las palabras, no de las armas. Las pláticas para llegar a los Acuerdos de San Andrés se celebraron en una cancha de básquetbol, versión contemporánea del juego de pelota prehispánico. En ese espacio cargado de simbolismo, el gobierno de Ernesto Zedillo aceptó la propuesta de crear una nueva legislación para garantizar las autonomías indígenas, pero los acuerdos nunca se transformaron en ley.

En 2001 los zapatistas salieron de su encierro en las montañas chiapanecas y viajaron a la capital para pedir que el Congreso promulgara la nueva legislación. El país celebró la caravana multicolor que proponía un nuevo contrato social. Locke y Rousseau regresaban con pasamontañas. Los comandantes Moisés y Zebedeo alternaron con Marcos en las tribunas del “zapa-tour” y fue la comandante Ramona quien habló ante el Congreso para pedir la inclusión del mundo indígena en la “casa de la palabra”.

Como en tantas ocasiones de la vida mexicana, los gestos fueron más importantes que los hechos. La peregrinación zapatista produjo numerosas emociones, pero no llevó a nuevas leyes. Los peregrinos que venían de Chiapas llenaron de esperanzas la Plaza de la Constitución. Luego, volvieron a las montañas y las cañadas donde legislan los mosquitos.

En 2006, Marcos no buscaba asociarse con el Che de línea dura, sino con Ernesto el Romántico, el médico asmático y apuesto, aficionado a la literatura, que recorrió Sudamérica para explorar la injusticia, el prócer sin errores, solo responsable de sus sueños, no de sus consecuencias.

La gira zapatista de 2001 tuvo una escala singular en Nurio, Michoacán. Ahí se celebró el Congreso Nacional Indígena. Asistí con mi padre porque quería verlo en acción ante las sesenta y dos etnias que presentaban proyectos muy diversos. Entre otros asuntos, se discutió la necesidad de extender el mundo indígena a la realidad virtual con programas operativos en maya, náhuatl y otras lenguas, y la lucha feminista al interior de las comunidades.

Durante décadas, mi padre ha sido saludado por ex alumnos cuyos nombres no ha podido retener. A todos les responde con una sonrisa y los ojos abrillantados por una abstracción feliz. Su cara encarna el concepto de “reconocimiento” en forma tan lograda que sería decepcionante que lo vulgarizara volviéndolo concreto y recordando un apellido.

Esta actitud se repitió mil veces en el Congreso Nacional Indígena. Para las sesenta y dos comunidades era “el profesor”, “el filósofo”, “don Luis”, “el anciano venerable”. Iba con el aire levemente distraído de quien enfrenta personas que son signos. El estudioso de fray Bartolomé de Las Casas, Vasco de Quiroga y Francisco Xavier Clavijero encontraba en los hechos un mundo que durante décadas solo había formado parte de sus libros.

Los indios lo rodearon. Tenían los pies abiertos y endurecidos por el trabajo en los barbechos. Se produjo un momento de condensación. Recordé el primer contacto de mi padre con el mundo campesino, la historia que tantas veces nos había repetido, él, que detesta las historias.

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De bat a bat: 10 claves sobre Cataluña

Esto se acabó. La sensación desde dentro es que la independencia es irreversible. Lo digo sin vítores ni lamentos, porque no me creo la arcadia de los independentistas ni la apocalipsis de los unionistas. ¿Cómo hemos llegado a este punto de no retorno?. Como siempre, es la suma de muchos factores, una alineación astral que hasta no hace mucho parecía imposible. Me sorprende la miopía de la mirada “desde fuera” y la curiosa pasividad del Gobierno, como una vaca que mira con sus ojos grandes como se acerca el tren. Éstas son algunos apuntes al natural.
1. Hace unos años, los independentistas dudaban y los unionistas no. Los primeros soñaban un escenario que veían improbable (e incluso impracticable) y los segundos estaban instalados en la seguridad y la certeza que su vía era la única posible. Hoy los independentistas no dudan y los unionistas vacilan. Hasta el más acérrimo defensor del status quo sospecha que las cosas no pueden mantenerse como hasta ahora.
2. El independentismo ha atraído la inteligencia del país . Los profesores universitarios, los economistas, los periodistas, las profesiones liberales, las clases medias urbanas son abiertamente independentistas. No es un reducto friki, sino un think tank que elabora escenarios, proyectos, argumentos. Que fabrica ideas. De hecho, la mayor parte del talento catalán es partidario de la independencia.
3. Contrariamente a la visión externa, el proceso ha sido claramente bottom – up. No es un plan urdido en el Palau de la Generalitat, sino un movimiento ciudadano que ha eclosionado después de un estado latente. Una parte muy importante de la sociedad se ha organizado, ha trabajado y ha forzado al Gobierno a dar un paso que no deseaba dar. No es la apuesta de unos partidos, sino de una sociedad.
4. El independentismo ha usado las redes sociales de forma muy hábil. Ocupan la red de forma natural, crean vínculos muy tupidos, densas conexiones de intereses comunes y comparten virales, argumentarios y críticas. Creo que la independencia es un proceso esencialmente 2.0, porque esta lógica bottom – up sería mucho más complicada sin una estructura en red. Los trending topic, los hashtag que triunfan y los vídeos virales son siempre independentistas. De hecho, la principal sorpresa es el absoluto silencio de la otra orilla, el vacío en la red del no.
5. El catalanismo es un proceso transversal. Campesinos, clases medias, botiguers, personas en paro, Pérez, Pujol, Martínez, Puig, Hassan, radicales antisistema, neoliberales conservadores, socialdemócratas, democristianos… Tal vez ésta sea una de las debilidades más evidentes, porque no es posible articular un proyecto compartido más allá de la proclamación de un nuevo estado. Pero se ha creado un compromiso tácito de prioridades: Primero, el estado y luego, todo lo demás.

 

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Entrevista al sociólogo Zygmunt Bauman: ¿Qué futuro estamos construyendo?

“El gran reto del siglo XXI va a ser precisamente acabar con el divorcio entre poder y política”

Eso sí, el maestro quiere dejar claro que hay una diferencia entre “lo inevitable” en este mundo líquido y lo que está ocurriendo en la vieja Europa desde que arrancó la crisis: “La relación de dependencia mutua entre el Estado y los ciudadanos ha sido cancelada unilateralmente. A los ciudadanos no se les ha pedido su opinión, por eso ha habido manifestaciones en las calles. Se ha roto el pacto social, no es extraño que la gente mire cada vez con más recelo a los políticos”.

Una cosa es la dosis necesaria de austeridad tras “la orgía consumista” de las tres últimas décadas, y otra muy distinta es “la austeridad de doble rasero” que están imponiendo los Gobiernos en Europa. El autor de ‘Tiempos líquidos’ le ha dedicado al tema uno de sus últimos libros: ‘Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global’.

“La austeridad que están haciendo lo Gobiernos puede resumirse así: pobreza para la mayoría y riqueza para unos pocos (los banqueros, los accionistas y los inversores). O lo que es lo mismo: austeridad para España, Grecia, Portugal e Italia, mientras Alemania hace y deshace a sus anchas. Como dice mi colega, el sociólogo alemán Ulrich Beck, Madame Merkiavelo (resultante de la fusión de Merkel y Maquiavelo) consulta todas las mañanas el oráculo de los mercados y luego decide”.

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La austeridad es ‘pobreza para la mayoría y riqueza para unos pocos’. El sociólogo admite que hoy no hay alternativa viable al capitalismo. ‘La falta de confianza en los políticos es un fenómeno a nivel mundial’.

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Todo se diluye a nuestro alrededor. Cualquiera diría que la “modernidad líquida” que vislumbró Zygmunt Bauman se ha convertido en un torrente que todo lo arrastra. No va quedando nada sólido a lo que agarrarse. Y lo que es peor: cualquiera diría que hemos pasado de la fase “ultralíquida” a la gaseosa. Todo se está haciendo cada vez más etéreo.

“Lo que ocurre es que no tenemos un destino claro hacia el que movernos“, certifica el sociólogo y pensador polaco, que sigue trotando infatigablemente por el mundo a sus 87 años. “Deberíamos tener un modelo de sociedad global, de economía global, de política global… En vez de eso, lo único que hacemos…

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El silencio mexicano

El silencio del puebloEste es un ensayo de miedo. No es una historia de sensaciones náufragas ni de alucinaciones íntimas. Es sobre el miedo que da el silencio de los justos ante la situación de este país al que conocemos como México. También sobre el miedo que tienen la inmensa mayoría de mexicanos, ese miedo que los atenaza y los vuelve insensibles a los padecimientos de sus semejantes. No es sobre los “malos”, ni sobre los todavía más malos de sus gobernantes, es sobre la gente corriente, la gente de buena fe, tampoco es sobre los muy pobres que tienen que luchar diariamente por el sustento de los suyos y lo único que les queda es la fe. Es sobre las clases medias y acomodadas, sobre los profesionales, sobre los intelectuales, sobre todos ellos. Ese miedo que les provoca inacción es lo que me aterroriza como ciudadano de este país.

Llegué a Veracruz de otro puerto lejano, del puerto de Barcelona, la capital catalana enclavada en el mar Mediterráneo; donde las relaciones humanas eran, por lo menos hasta ahora, más justas que en este lado del Atlántico. Hace ya cuatro años y no puedo soportar el tener que hablar en voz baja en los lugares públicos, el no poder decir en público lo que me cuentan en privado. Decir “Los Zetas son unos hijos de la chingada” es imposible sin que tus compañeros de mesa, si estamos en una cafetería, se queden aterrorizados, mucho menos decir que el Gobernador pertenece al crimen organizado, como si que se dice en privado. Algún amigo me ha dicho que no se puede decir, “porque te pueden matar”, a lo que yo le he contestado, ”te podrán quitar la vida porque muerto ya estás, te mataron el libre albedrio hace mucho tiempo”, vivir sin libertad, para mí, es un no vivir; el silencio es lo contrario de la palabra, esa palabra que nos diferencia de los otros primates.

Quizás sea injusto y esté generalizando demasiado, pero realmente las voces disidentes son muy pocas, la dictadura perfecta instituida en México obra milagros en el silencio. Demasiados  intelectuales viven encadenados a su pesebrera, instalados en todo tipo de instituciones, de premios y multitud de becas, que acomodan su disidencia a la medida del poder. Profesionales de todas las ramas del saber que no se quitan la camiseta del Puebla ni para dormir, colaborando a generar una tupida red de corrupción que llega a todos los rincones de la república.  De los sindicatos, ni hablemos, no son organizaciones al servicio de los trabajadores, son organizaciones mafiosas y pilar fundamental del mantenimiento de este sistema político y económico que mantiene a la mitad de la población por debajo del límite de pobreza. Y en medio de este panorama lo más desesperanzador, el silencio de los justos que sirve de argamasa de la injusta estructura de esta sociedad. El silencio de los justos de no acabar, acabará con la dignidad de todo un pueblo.