SFB – capítulo dos

 

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—¡Mamá, tienes que comer! ¡Así no puedes continuar! ¡Por favor! Después de la operación no has probado bocado. No comes, te dé yo o te den las enfermeras. Ni tan siquiera sé si me comprendes. Haz un esfuerzo, por favor; si no comes te tendrán que poner un tubo por la nariz y te molestará mucho. Haz un esfuerzo, mamita.

Acababan de operar a mi madre de la cadera y llevaba varios días postrada en la cama del hospital, sin poder levantarse. Antes de la operación ya estaba devastada por el Alzheimer, pero fue a partir de la intervención cuando todo se descontroló. Ya no podía hablar; no quería comer y su mente estaba sometida a un fuerte desasosiego. Verla sufrir de aquella manera era aún peor que cuando no se reconocía en el espejo. Que ella no reconociese su propia imagen era lo que hasta este momento de la operación se me había hecho más insoportable de toda su enfermedad. Cuando la llevaba al baño y su imagen aparecía reflejada en la luna, me decía:

—Mira, hijo, esta viejecita vive con nosotros, es muy amable.

Y a la imagen del espejo:

—Mire, señora, le presento a mi hijo.

Las primeras veces, lleno de sorpresa y sin entender la situación, casi le gritaba: —¡Pero si eres tú, mamá! —Al ver la confusión que le creaba al explicarle que la señora que se reflejaba en el espejo era ella, desistí. Por fin comprendí que mi madre no podía entender que aquella viejecita amable fuera ella misma. Las escenas del espejo eran superiores a mis fuerzas y para no enfrentarme a ellas agarré una toalla y lo cubrí para no ver más a la señora que vivía con nosotros.

Ver, día a día, cómo mi madre se perdía en la niebla de sus recuerdos resultaba muy doloroso. Poco a poco me iba “acostumbrando”, intentando comprender la enfermedad y queriendo ayudarla a ser feliz. De hecho, ella pasó sus últimos años bastante feliz, después de conseguir un diagnóstico preciso y una medicación adecuada. Aunque decía muchas cosas que no tenían sentido alguno, sus conversaciones resultaban divertidas y todo era mejor que verla sufrir.

No hubo manera de hacerla comer. Los médicos me sugirieron ponerle una sonda nasogástrica para pasarle los alimentos. Mi madre, en su estado, no podía comprender lo que le estaban haciendo. ¡Fue horrible! La tuvieron que atar a la cama para que no se arrancara la sonda y aún así, logró arrancársela tres veces. Yo estaba al borde del colapso nervioso; estaba solo con ella, nadie de mi familia pudo acompañarme esos días; vivíamos en países distintos. Decidí llamar a la psiquiatra que la atendía habitualmente y le dije que los médicos del hospital le habían retirado todos los medicamentos relacionados con su demencia, y que estaba muy mal, que vivía en un permanente desasosiego. La psiquiatra habló con el equipo médico y reiniciaron la medicación prescrita por ella, con lo que consiguió estabilizarla y mantenerla en un estado de cierta tranquilidad.

Mi madre hacía tiempo que padecía alzheimer y hasta ese preciso momento de la rotura de la cadera siempre me había reconocido. Después de la operación quería pensar que de alguna manera también me reconocía, pero ya no podía hablar ni conmigo ni con nadie. Aunque su doctora me había preparado para esa situación, la preparación no sirvió de nada. El momento fue de lo más espantoso. Ver cómo mi  propia madre no me reconocía era insoportable; por mucho que me lo hubiera explicado la psiquiatra, cuando llegó el momento, me superó. No sabía cómo enfrentarme a la nueva situación de ser un extraño para mi propia madre. Si lo del espejo me afligía, la nueva realidad me puso al borde de la depresión; era como perder a tu madre en vida.

A los pocos días le dieron el alta y la trasladé a la residencia de ancianos donde hacía pocos meses la había ingresado. Las visitas a la residencia se me hicieron muy extrañas; mi madre no hablaba, y yo no tenía la certeza de que me reconociera.

—¡Hola, mamá! ¿Cómo has estado? Me han dicho que uno de estos días te van a levantar de la cama. Me dijo el fisio que  habías avanzado mucho en la recuperación y que en unos días te pondría de pie para ver si puedes andar un poquito. Cuando puedas caminar podremos pasear otra vez por el jardín.

Mi madre me miraba con unos ojos atentos, pero sin articular palabra. Estaba muy delgada y los ojos, aún vivos, sobresalían de sus cuencas. Después de la operación comía con mucha dificultad y la pérdida de peso se hacía evidente en todo su cuerpo: cada vez tenía la piel más cerca de los huesos; su extremada delgadez me asustaba.

—Tú y yo, solos, como siempre.  Invariablemente nos manteníamos unidos por un cordón umbilical invisible, aunque estuviéramos rodeados de mucha gente. Nos cuidábamos mutuamente y seguimos haciéndolo, ¿no, mamá? La gran mayoría de las veces me cuidabas tú, claro.

Mientras le hablaba tenía agarrada su delgada mano entre las mías. Sus dedos estaban arqueados por la artrosis, pero el lunar que tenía en la muñeca se veía casi igual de radiante como cuando era joven, parecía que por él no había pasado el tiempo. Yo miraba sus ojos y su boca. Veía en ella una inquietud que no podía descifrar. No sabía si entendía mis palabras y podía sentir como se le escapaba la vida poco a poco. La cercanía de su muerte me apremiaba a hablar con ella. Nunca le había recriminado nada, ni la había puesto en ninguna situación comprometida, pero ahora quería sincerarme totalmente con ella. Quería que supiera los sentimientos que me habían producido algunos episodios de nuestra vida en común. También quería decirle que la amaba y que, gracias a ella,  me había desarrollado como persona.

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