Muñequita linda, relato publicado en “Mujeres”

En cierta ocasión, conocí a una pequeña gran mujer, era menuda, con los ojos vivos que transmitían  una gran calidez.

–Mi amor, ¿Cómo puede ser que una chica tan maravillosa como tú, se dedique a esto?

–It’s my live. Me dijo haciéndome la señal de silencio, poniendo su dedo perpendicular a sus cálidos labios.

— Sorry, no quería entrometerme en tu vida.

–Tranquilo papi,  “ezzzpañol”, sé que eres especial, ya te explicaré en otro momento.

Pasaba el rato y quería seguir hablando con ella, realmente estaba interesado por saber de su vida, sentía la necesidad de comunicarme con ella.

Era un día muy especial para mí, mi madre había muerto cuatro días antes, yo estaba triste, solo, reflexionando sobre mi pasado y sobre todo lo que me unía a mi madre. Me quedaba la duda de si había hecho lo suficiente por ella. Por mis andanzas, ella había muerto lejos de su patria.

Solo pensaba– cuando se me acercaría otra vez–, era evidente que no podía estar conmigo demasiado tiempo, ella estaba trabajando y yo no tenía dinero para estar todo el tiempo pagándole copas.

Miraba a mí alrededor, observando y admirando a aquellas mujeres, que noche tras noche hacían más feliz la vida de algunos hombres; pero al igual que los payasos, su maquillaje escondía sus preocupaciones más intimas, sus alegrías, sus tristezas. Ellas, cuando se vestían con sus “uniformes” de trabajo, dejaban su espíritu en la pequeña taquilla donde guardaban su ropa de calle. Muchas de esas pequeñas taquillas, estaban adornadas con medallas de todo tipo, estampas, fotos de sus hijos, de sus familiares. Pequeños altares, en donde de alguna manera pedían a Dios que las acompañase cada noche. Si no se encomendaban a Dios, a quien sino, los humanos las habían abandonado en multitud de ocasiones.

Siempre he tenido una admiración especial por las personas que se dedican a un oficio que la mayoría de personas enjuiciamos mal. Ellas se inmolan en el altar del sexo, en aras de unos objetivos muy definidos, casi todos relacionados con la mejora de vida de hijos y familiares.

–Hola papi, si me pagas una copa, charlo un poco contigo y te explico mis intimidades.

— Hecho, pídela.

Alzando la mano llamó la atención del mesero.

–Ponme una copa de champaña. El mesero me miró para ver si yo asentía.

–Mami antes de que me digas algo quiero decirte que mi madre hace poco que murió, la quería mucho y ahora estaba reflexionando sobre lo que las madres sois capaces de hacer por vuestros hijos.

En esos momentos se me estaban humedeciendo los ojos. Ella,  conmovida, dijo:

–Cariño, lo siento mucho, pero no llores, no seas wuevón, me vas a hacer llorar y mi jefe me va a multar. No te puedes imaginar de lo que somos capaces.

–Bueno nos estamos poniendo sentimentales—dije yo para romper el momento emotivo–, déjame que te toque un poco el culito si no se van a pensar que soy tu novio, dije yo forzando una sonrisa.

–Toca lo que quieras papi, todo tuyo. Abrázame si quieres, yo te consuelo, llora encima de mis tetitas.

Me abrace a ella, pidiéndole que me contara cosas de su vida.

–Ok, papi, joderrrr, coño, –le estaba invocando al espíritu que tenía guardado a buen recaudo en su taquilla, no le gustaba, pero conectó con él– te contestaré la pregunta que me hiciste anteriormente. Me quede embarazada cuando tenía 15 años. Por un problema que tenía en los pechos no podía darle de mamar a mí hija, mis padres, en extrema pobreza, no tenían dinero para comprar leche en el supermercado o en la farmacia. Yo estaba desesperada, lloraba todo el tiempo, no sabía cómo hacer para dar de comer a mi muñequita linda. Un vecino viendo como yo lloraba, me dijo que si le hacía sexo oral me daría para comprar la leche que necesitaba mi hija, inmediatamente le dije que me dejará en paz. Imagínate, ezzzzpañol, gilipolla, a mi edad ni hija era como una pequeña muñeca para mí, frágil y delicada, una muñeca que sin embargo debía alimentar.

En ese momento, yo estaba muy emocionado, la besé en la mejilla con toda la ternura del mundo. Sentí como si mi madre de joven hablara conmigo, me sentía en comunión, con la mujer que apenas conocía hacía una hora, conectado con todas las madres del mundo. ¿Cómo desde mi rol de hombre podía estar tan cerca de las mujeres? Me vino al recuerdo lo que me dijo un amigo de la adolescencia, una vez que nos encontramos de casualidad ya de mayores, –cuando éramos jóvenes todos te teníamos envidia, tu entendías a las mujeres, mientras nosotros no sabíamos como relacionarnos con ellas.

–Al día siguiente fui a buscar a mi vecino, no tenía otra alternativa. –Me dijo ella sorbiéndose una pequeña lágrima–.

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Silencios que gritan a voces, relato publicado en Mujeres

Esperando, que Dios me dé el reposo que necesito, sentada en mi sillón, cuando veo mi imagen reflejada en el espejo apenas me reconozco.

Nunca he sido muy habladora, nunca me tuvieron en cuenta, a nadie le interesaron mis opiniones. Pero ahora vivo en el silencio, casi absoluto. No entiendo el mundo en que vivo, todo me es extraño, no entiendo a mis hijas, ni a mis nietas; aunque les dé mi opinión, tampoco a ellas les importa lo que yo pienso.

Mi marido nunca me consideró.

— ¡caya tú que eres una pendeja!

— ¡y tú que sabes, si nunca fuiste a la escuela!

–¡espero que tu hija no salga tan pendeja como tú!

Toda mi vida tuve que escuchar frases similares, con el paso de los años me acostumbré a no decir nada, mis pensamientos son para mí, siempre  me acompañan en mi soledad.

Cuando veo las arrugas de mi cara, surcos donde se han ido grabando todo los episodios de mi vida; pienso: ¿Cómo es posible que mis hijas no puedan aprovechar de mis experiencias?, no soy tan tonta como ellas creen, siempre me ningunearon en mi vida, ya desde niña, pero por los años que he vivido algo de lo que pienso o de lo que siento puede ser de utilidad, si más no, a alguien de mi familia.

Solo mis dos hijos, ya fallecidos, me trataron con el cariño con el que deseaba ser tratada. Ellos siempre me trataron con dulzura y se mostraban siempre respetuosos conmigo, a diferencia de mis hijas,  siempre peleoneras y apegadas a su padre.

A las mujeres que sobrevivimos a nuestros hijos, nos invade una tristeza que sólo podemos soportar por nuestra fe en Dios, pensando  que en algún momento nos redimirá de tanto padecimiento.

Sufrí mucho por mis hijos, en silencio como siempre, mucho antes de su muerte.

Nací hija de madre soltera, mi madre no tenía apenas recursos para mantenernos a mi hermana y a mí. Pasamos todo tipo de calamidades, yo no fui a la escuela, apenas pude aprender a leer y a escribir. La cosa no mejoró cuando mi madre encontró un nuevo marido, seguíamos en las penurias y además él no la trataba bien, tuvo que dejarlo cuando reunió fuerzas suficientes.

Me casé muy joven, no recuerdo la edad que tenía, pero me acuerdo que cuando mi esposo, también muy joven, salía a trabajar yo me iba a jugar con los vecinitos de mi calle.

Con mi esposo también pasamos lo nuestro, él era muy trabajador, pero no ganaba mucho dinero, para la gente trabajadora siempre ha sido muy bajo el salario. Tuvimos cuatro hijos, bastante seguidos, al poco de nacer el tercero, mi marido se quedó sin trabajo fijo, estuvo bastante deprimido y yo tuve que empezar a cocinar y vender mis picadas y mis gordas, tampoco ganaba mucho, lo justo para poder alimentar a los niños. Trabajé muy duro, me levantaba a las cuatro de la mañana, cocinaba, daba las mamilas a los niños y me iba para el puerto, para llegar antes de que asignasen las tareas a los trabajadores y así me pudieran comprar las comidas.

Después de la venta, de regreso a casa, a cuidar a los pequeños, los dos mayores ya no eran tan pequeños, eran varones y tanto mi esposo como yo determinamos que por lo menos ellos irían a la escuela.

Los dos varones progresaban muy bien en la escuela, pero no teníamos ni para comprarles zapatos para ir, ellos estaban siempre tristes de ver nuestra pobreza, vivíamos en un cuartito pequeño los seis, mi esposo yo y los cuatro niños, la pequeña ya había nacido.

El mayor antes de cumplir los trece años,  nos dijo que se iba a trabajar con el panadero, que continuaría en la escuela, pero que quería aportar algo de dinero para paliar nuestra penuria, creo que se le partía el alma cuando me veía extenuada al finalizar la jornada.

Un día, mis hijos llegaron a casa con una estufa a gas, yo siempre había cocinado con un anafre de carbón y leña.

— Ma–me dijo el mayor– a partir de ahora, ya no tendrás que sufrir por el humo, te he comprado una estufa nueva y además el próximo curso mi hermano empezará en la universidad.

Siempre he sido muy poco expresiva, no pude dibujar una sonrisa en mi rostro, ni articular palabra. Intuía que algo no iba bien, con el trabajo en la panadería mi hijo nunca podía haber juntado para comprar la estufa y mucho menos para llevar a su hermano a la universidad. No pregunté nada, no me atrevía a escuchar las respuestas a mis preguntas.

Después, la economía de la familia mejoró, pero yo no podía disfrutar del bien estar, sufría callada, un sufrimiento silencioso, doloroso, premonitorio, sufrí en silencio hasta el día de la muerte súbita de mis dos hijos, entonces, de alguna manera, yo morí con ellos, ya nunca pude recuperar el aliento.