Relatos del futuro presente (7)

madre corazón

Pilar consiguió que Ana se incorporase. A duras penas pudo sentarla en el banco de madera que conformaba el único asiento de la chabola.

—Explícame todo con tranquilidad, Ana, despacito.

—¡Ya te he dicho! Estas son las bragas de María —le dijo, alzando la voz y sacudiendo la prenda con todas sus fuerzas.

—¿Dónde las encontraste?

—¡Ya te he dicho! ¡En el hueco de un árbol, al inicio de las naves industriales viniendo del centro! ¡Dónde estará mi niña! ­—gritaba con un grito ronco, que apenas podía salir de su garganta.

—Te voy a ayudar a encontrarla, tranquilízate, volveremos a las naves y donde haga falta.

—¿Qué puedo esperar? ¡Dime, Pilar! ¿Qué puedo esperar? —los sonidos salían por entre la cascada de lágrimas que le brotaba de sus ojos cansados.— Pregunté en las naves y nadie sabía nada. Fui a la plaza y tampoco pude encontrarla.

—Tendremos que ir a la policía, no queda más remedio.

­—¡No, a la policía no! No sirve para nada, nosotros no tenemos la menor importancia, no perderán su tiempo para encontrar a una  niña de una familia excluida. No me fio de ellos, ellos mismos pueden haberla raptado.

—Ya iré yo, diré que es mi sobrina y que ha desparecido, tengo que hacerlo.

—Si les dices que desapareció de mi casita, ni caso te harán y encima podrás tener problemas. Si se entera Juan se muere del susto.

—A Juan no le pienso decir nada, no está preparado para esto, si quieres antes de ir a los polis te acompaño a indagar más por las naves industriales.

Ana no sabía que contestar, todo el día anterior se lo había pasado buscando a su hija y el descubrimiento de su ropita interior manchada de sangre la había desanimado totalmente. Regresó ya entrada la noche, se estiró en el suelo de la choza y entre la desesperación y los interminables lloros, se había quedado dormida. No podía pensar, la cabeza le daba vueltas y los pensamientos eran totalmente redundantes, de su hijita a la chabola, de la chabola a la nave, de la nave a la plaza y de la plaza al árbol y vuelta a empezar. No podía articular pensamientos positivos que la permitieran pensar en organizar la búsqueda de su hija. Estaba extrañada con la solidaridad que le ofrecía Pilar pero a la vez contenta, hacía tiempo que no sentía la sensación de estar apoyada por otra persona. Sabía que Pilar quería ayudarla y ella era incapaz de darle datos que la pudieran orientar.

Tampoco Pilar tenía demasiada claridad de ideas, la desaparición de la hija de su amiga junto al miedo que le provocaba la situación no le dejaban ver las cosas con nitidez. En una situación de normalidad, como no hacía tanto, sabía que lo único lógico era ir a la policía, denunciar el hecho y esperar a que la policía actuase con diligencia, pero ahora también ella tenía sus dudas. Sabía que la policía había dejado de estar al servicio de los ciudadanos, se habían convertido en un cuerpo prácticamente privado al servicio del poder y de las clases adineradas, todo había cambiado, el bien común no preocupaba a nadie.

—Quédate aquí voy a casa a buscar unas ropas para que te vistas, vengo enseguida y nos vamos a buscar a la niña.

—No tardes mucho. Estoy desesperada.

Pilar salió de la chabola y Ana se quedó sola, estaba aturdida y no sabía qué hacer. Se levantó del banco. Agarró un jarrito de porcelana totalmente descascarillado y vertió en él agua del envase de plástico que había en la cocina. Encendió el pequeño camping gas que tenía y lo puso a calentar. En una taza de barro no menos descascarillada puso una cucharada de manzanilla que sacó de un bote de plástico de Colacao, al ver el envase se acordó de María y empezaron a brotar unas ligeras lágrimas de sus cansados ojos. El agua llegó  a su punto de ebullición y Ana la vertió en la taza, esperó unos minutos y se dispuso a beber la infusión mientras esperaba a su amiga. Aunque Pilar se dio toda la prisa posible la espera se le izo eterna a Ana.

—¡Ábreme! Ana, soy yo.

—Entra, Pilar. Se me izo larga la espera.

­—Vine lo antes que pude, he traído varias cosas, escoge algo y arréglate bien. Te traje unos afeites para que te veas bien guapa.

—No tengo ganas de hacer nada.

—Ya sé, sé que es difícil, pero hemos de ir arregladas, sabes que en estos tiempos las apariencias cuantas más que nada. Hemos de salir y hacer algo por tu hija, tienes que hacer de tripas corazón, no tienes de otra.

Ana empezó arreglarse sin demasiadas ganas. Ella sabía que su amiga llevaba razón, tenía que parecer una trabajadora normal, no podía salir vestida como una desheredada, era la única posibilidad que las tomaran en serio. Por fin terminó de arreglarse con la ayuda de Pilar y las dos partieron de la casa en pos de una búsqueda incierta.

Continuará…

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Relatos del futuro presente (6)

madre corazón

El encuentro con Ana, en la Plaza mayor, había disparado alguna alarma en el interior de Pilar que la empujaba a sacudirse la parálisis producida por el miedo que se había apoderado de las personas de a pie durante la consolidación de la gran crisis. Encontrarse cara a cara con su amiga de la infancia desposeída de todo bien material le hizo tomar conciencia de la deshumanización en la que había caído por culpa de la escasez impuesta a los más débiles. Aún no se atrevía a hablar de ello con su marido, no podía compartir con él sus pensamientos, tenía que afianzar sus convicciones y hacerse fuerte antes de intentar explicar lo que pensaba a su marido. Quería decirle que esta vida que llevaban no iba a ningún lugar, que luchar cada día por las migajas que les otorgaba el sistema a cambio de olvidarse de las personas que se habían quedado sin esperanza no era vida ni era nada.

Pilar intuía que era necesario salir de esa espiral en la que se habían visto envueltos como un remolino insaciable que les llevaba al abismo. Empezaba a ver claro que ese individualismo atroz, que habían asumido los de abajo para disputar a otras personas los pocos puestos de trabajo y las pocas viviendas disponibles, no tenía sentido. No era como en otra épocas de la humanidad donde no había realmente alimentos, en este momento de la historia los poderosos acumulaban sin cesar todo tipo de bienes. —Era muy sencillo— decía para ella misma, —se trata de repartir mejor, de acabar con la desigualdad. Es mentira que la desigualdad es inevitable, no puede ser que unos muchos estemos a expensas de unos pocos, poquísimos, no debe ser normal— se decía una y otra vez. Le asustaban sus propios pensamientos, tenía amigas que habían pagado las consecuencias de pensar de esa manera, de pensar que las cosas podrían ser diferentes y que podríamos mejorar la vida de todas las personas; unas habían perdido el trabajo, otras el marido y demasiadas las dos cosas.

En cualquier caso se había jurado a ella misma que no dejaría sin ayuda a su amiga Ana; de momento mantendría todo en secreto y la ayudaría de la mejor manera posible, ella vería como armarse de valor para plantear las cosas claras a Juan, su esposo.

Juan siempre había sido una persona gris, buena persona pero gris, sin criterio propio, solo dispuesta a obedecer, pensaba que obedeciendo era la manera más fácil de pasar la vida, estaba convencido de que unas personas habían nacido para mandar y otras para obedecer, —es ley natural— decía. Juan estaba convencido que enfrentarse a los que mandan era perjudicial para las personas, desde pequeño había soportado todo tipo de vejaciones por parte de los abusadores de su clase, nunca se había quejado a las maestras de los atropellos, los soportaba en un silencio que día a día se había convertido en su compañero, en resignación. Estaba convencido de que enfrentarse a sus compañeros solo le traería más problemas. Su cobardía o su resignación despertaba un sentimiento maternal en las niñas, parecía una especie de animal desvalido al que todas querían cuidar, fue así que con el paso del tiempo se comprometió con Pilar, una niña valiente que no se amilanaba ante ninguna persona, bueno, eso hasta la famosa crisis que había sumido a la mayoría de la población en una desesperación que trastocaba hasta lo más esencial de sus valores.

Pilar conocía muy bien a su esposo y sabía que su miedo podría abocarlo a situaciones desesperadas que pusieran en peligro la existencia de su matrimonio. Juan nunca había abandonado sus miedos y desde el inicio de la crisis ese miedo se había convertido en terror, en parálisis total. No podía contarle lo de Ana sin que ello supusiera un descalabro para él, un miedo añadido a todos con los que se enfrentaba cada día. Aunque los miedos de Juan no le iban a impedir ayudar a su amiga Ana, la había visto muy mal en la plaza y lo de la desaparición de la hija era motivo suficiente para demostrarle que a pesar de todos los riesgos no había perdido totalmente la humanidad y que la amistad entre ambas estaba por encima de todo. Empezaría por llevarle alguna cosa a la chabola y comprobar si ya había aparecido la pequeña María.

Continuara…

Relatos del futuro presente (5)

madre corazón

¡Toc, toc!

—¡Anaaaa! ¡Ábreme! ¡Soy Pilar! Vengo a traerte algo de comida. Sé que estás ahí. ¡Ábreme!

Pilar, junto a la puerta de la chabola, escuchaba atentamente, no conseguía oír ningún tipo de ruido proveniente del interior de la habitación. Veía el candado de la puerta cerrado por dentro del cuarto. Pegó su oreja a la puerta, pero nada, no se oía ni el mínimo rumor, silencio absoluto. Gritó un par de veces más, sin obtener respuesta. Se empezó a poner nerviosa, no sabía qué hacer, forzar la puerta le parecía demasiado agresivo, pero por otra parte irse sin intentar ver lo que pasaba aún le parecía peor. Fue dando la vuelta a la pequeña casita sin despegar la oreja de la pared, intentando escuchar cualquier sonido; nada, no se escuchaba el más leve murmullo. Se debatió en sus dudas unos pocos minutos más hasta decidir golpear la puerta con todas sus fuerzas.

Después de varios empujones, los débiles herrajes de la improvisada cerradura cedieron a la fuerza de su cuerpo, la inercia acumulada en la lucha por abrir la puerta le hizo abalanzarse hacía el centro de la habitación, cayéndose sobre el cuerpo de Ana que se encontraba inmóvil en el plástico que recubría el suelo de la precaria vivienda. Rápidamente pegó su oreja en el pecho de Ana para escuchar el latido de su corazón.

El corazón de Ana latía,  Pilar respiró hondo y se dispuso a zarandear el cuerpo de su amiga para hacerla reaccionar.

—Anita, por favor, despierta, ¿qué te pasa? Despierta por favor, te he traido unas manzanas. ¡Por favor! ¡Ana! No me asustes, despierta.

Pilar se sentó junto al cuerpo que yacía totalmente desmadejado y vio sujeta a sus manos una braguita infantil. Pilar se sobresaltó, la ropa interior estaba ligeramente  manchada con sangre. Se levantó para buscar algo de agua, encontró un botellón de cinco litros con más de la mitad de su  capacidad de agua, abrió el tapón de rosca y empezó a mojar la cara de Ana, primero con suavidad y luego de una forma más enérgica. Por fin, Ana reaccionó y empezó a despertarse lentamente.

—¿Quién eres?

—Soy Pilar, tu amiga de la escuela, he venido a traerte algo de comer.

—¿Dónde estoy? —Preguntó Ana todavía aturdida por el sueño.

—En tu casa, tranquila, despiértate poco a poco, luego hablamos.

Ana no quería despertar dentro de la pesadilla en la que se había convertido su vida, quería dormir para siempre, no podía afrontar la cascada de acontecimientos en la que se había convertido su cotidianidad. Miraba con aire de incredulidad a su amiga, le parecía imposible que alguien se apiadara de ella, ya nadie ayudaba a nadie, el temor era permanente y se había convertido en el sentimiento más común entre las personas. El temor se superponía a todos los demás sentimientos y convertía a los ciudadanos en personas sin esperanza, la lucha por lo mínimo se había tornado en el único horizonte de la vida.

—Si ya estás más tranquila intenta incorporarte —dijo Pilar.

—No puedo, el dolor que siento me lo impide. Mira —le dijo mostrándo la ropa interior— la encontré cuando regresaba de la plaza, son de María.

—¿Estás segura?

—¿Cómo no iba a estarlo? Las encontré en el hueco de un árbol, cerca de las naves. No quiero levantarme, ya no puedo más.

—Pero Ana has de hacer un esfuerzo, yo te ayudo.

—No tengo ánimos. No pude ni cuidar de mi pobre hijita, no sirvo para nada.

—¡Calla, mujer! Estás aturdida, déjame ayudarte y todo se solucionará.

Continuara…

Relatos del futuro presente (4)

madre corazón

Ana quiso caminar por las calles atestadas de naves industriales semiderruidas, pero ya no se atrevía a entrar a ninguna otra para preguntar por su hija. Deambulaba como sonámbula, se veía a ella misma como dentro de una película que se le antojaba de terror; una espectadora dentro del film. No podía reconocer los escenarios de la película, se habían convertido en totalmente desconocidos para ella. No podía comprender dónde había llegado, cómo era posible que ella formase parte de esa comunidad de personas despojadas de todo. Dónde quedaban sus sueños de niña, dónde se había quedado esa joven feliz y dicharachera que era Ana, la hija de su madre, ella misma. Dónde estaba, cómo había podido introducirse en esta película infernal, dónde estaba la salida, hacía dónde iba todo. Negros pensamientos que la distraían de lo que tenía que hacer, encontrar a su hija, esa hija que había dejado sola en el cuarto de madera y que por su culpa, por haber sido detenida había desaparecido.

Tras dar varias vueltas por las calles, aún mojadas, de la  zona industrial recordó que buscaba a su hija. Sin más pausas, rodeó las naves y se fue hacia la Plaza Mayor, “seguro que mi hija estará allí”, pensó al mismo tiempo que agilizaba sus pasos. Se restableció de su desesperación y caminó en busca de su hija. Cuarenta minutos tardó en recorrer el trayecto de las naves a la Plaza Mayor. No entró al centro, le daba miedo, los policías que vigilaban la plaza acosaban a los desposeídos, no querían ensuciar la imagen del país con personas mendigando, era prioritario para los políticos guardar las formas, que pareciera que todo era normal, que nada había pasado con los desheredados. Ana iba limpia, pero su ropa ajada la delataba, cualquiera podía ver que no era una de los pocos trabajadores que no habían perdido su empleo. Precisamente los trabajadores que no habían sido expulsados de la sociedad se preocupaban de ir muy bien vestidos, mucho mejor que antes de la hecatombe en la que había caído el país. Esa hecatombe que contaban como inevitable en los medios de comunicación, convertidos en medios de propaganda del régimen político de los dos partidos, el azul y el colorado. Ese sacrificio enorme al que habían inmolado a muchos millones de personas. La desigualdad social en España había adquirido unas proporciones imposibles de creer para la población que aún podía comer todos los días. El miedo volaba por encima de las personas y se apoderaba de sus corazones. El miedo a ser expulsados de la sociedad tenía atenazada a casi toda la población. Ya casi no había inmigrantes, estaban siendo eliminados de las calles, el gobierno de salvación había promulgado una ley de expulsión de todos los inmigrantes que no tuvieran un certificado de solvencia económica, no era delito matar a ninguno de los indocumentados. Algunos religiosos hacían campaña en contra de la matanza de inmigrantes, pero no tenían ningún apoyo de las cúpulas religiosas que avalaban la inevitabilidad del sacrificio.

Ana acurrucada entre las sombras de los portales de la plaza buscaba con su mirada a su niñita, se arrastraba por las paredes más oscurecidas mirando atentamente por el centro de la plaza.

—Ana, ¿qué haces aquí? Te pueden detener.

—Estoy buscando a María, ¿la has visto?

—No, es peligroso estar por la plaza tal como vas vestida.

—Tengo que buscar a mi hija, ha desaparecido, estoy desesperada. ¡Ayúdame! ¡Por favor! ¡Ayúdame! —Dijo Ana, con un llanto seco, las invisibles lágrimas se asomaban a sus ojos convertidas en polvo del camino.

—Es muy peligroso, Ana, qué más quisiera, pero estamos pendientes de un hilo, el dinero que ganamos casi nos tiene al límite. No podemos cometer ningún fallo, si nos despiden estamos muertos.

—¿No sirve de nada que hayamos sido amigas toda la vida?

—La situación se ha puesto muy fea, tenemos miedo, es muy peligroso ayudar a la gente y más a los que estáis fuera de la sociedad. Tú lo sabes. Me tengo que ir, cuídate, por favor, mañana si puedo te llevo algo de comida al pinar.

Continuara…

Relatos del futuro presente (3)

madre corazón

Ana, muerta de miedo, abrió la puerta de la chabola, su hija no estaba. Una nota con unas letras casi ilegibles parecía decir “mamá, voy a buscarte”. El corazón de Ana empezó a latir de una forma desbocada, un fuerte dolor oprimía su pecho, esta situación imaginada en la celda de repente se hacía realidad y le golpeaba el rostro dejándola sin respiración. Su desesperación estaba llegando al límite, pero estaba obligada a buscar a su hija, luchar con las pocas fuerzas que le quedaban. Inspeccionó el minúsculo aposento y tras comprobar que la niña no se había llevado nada en especial salió del cuarto.

Fue preguntando, chabola por chabola del exiguo pinar, si habían visto a su hija. Una señora mayor le dijo que sí, que vio a la niña preguntando por ella y la vio alejarse por la zona de las naves industriales. Un intenso dolor desesperado recorría todo el cuerpo de Ana, se sentía culpable de no haber dado a su hija las enseñanzas que requería el momento en el que estaban viviendo. No le habló de ningún plan en concreto para esta situación, nunca le dijo que la podían detener por rebuscar comida en los contenedores, nunca le dijo que hacer, ni a donde ir, pensaba que por su culpa la niña estaba en algún grave peligro.

Se dirigió a la zona industrial, las calles medio desoladas y los edificios en ruinas parecían salir de alguna película apocalíptica, solo mirar hacia el interior de las naves daba miedo. Personas totalmente desaseadas, con caras de desesperación se adivinaban en la penumbra. Ana quería entrar a preguntar, pero no podía imaginar que su hija se hubiera, ni siquiera, acercado a ese lugar. La zona industrial en ese estado reflejaba el fracaso social al que habían llevado los políticos corruptos y los ciudadanos anonadados al país.

Ana, aunque tenía una hija pequeña, no era demasiado joven, había sido una luchadora, en la fase final del franquismo, antes del advenimiento de la democracia en España, durante su preadolescencia. Después de la consecución del régimen parlamentario Ana dejó la política. Se dedicó a trabajar y a labrarse un porvenir, aunque nunca había ido a la universidad jamás le había faltado el trabajo. Nunca tuvo ningún empleo importante, pero siempre había podido vivir de su trabajo. Al cumplir los cuarenta años, cuando ya pensaba que nunca formaría una familia con ningún hombre, encontró a Antonio. Toni era el mensajero que habitualmente traía las cartas certificadas a la oficina donde ella trabajaba desde jovencita. Después de varios años de verse casi semanalmente durante las entregas de las cartas, Antonio la invitó a una obra de teatro que un grupo aficionado representaba en su barrio. Ana, un poco extrañada, aceptó la invitación. Esa obra de teatro fue el inicio de muchas otras salidas que les habían llevado a casarse y crear una familia. Después de unos pocos años Ana logró quedarse embarazada de María, el mejor regalo que ella jamás hubiera imaginado. Se había resignado a no ser madre y de repente fuera de toda posibilidad logró lo que muchas veces no la dejaba dormir por las noches, ese sentimiento de maternidad no realizada que le provocaba cierto sin sabor. Ana, a pesar de convivir con la frustración de no ser madre nunca había sido una persona amargada, era de esas personas que se van encontrando por la vida y con su sola presencia son capaces de alegrar el día a cualquiera. Pero de eso ya hacía demasiado tiempo, la crisis, el suicidio de su marido y la falta de recursos para subsistir las dos, ella y su hija, la habían convertido en una mujer desesperada, la chispa que llevaba dentro se había extinguido, se parecía más a un animal abandonado que a una madre que debía de luchar por su hija.

Ni tan siquiera se atrevía entrar en una nave industrial, el miedo y el desconcierto la atenazaban, hizo de tripas corazón y se decidió a entrar a la nave más cercana a la zona donde vivían.

—Buenos días, ustedes perdonen, estoy buscando a mi hija —sacó la fotografía que llevaba en su cartera y se la mostró a las personas—, ¿la han visto por aquí? Hace un día o dos que desapareció.

Las personas de la nave estaban tan atemorizadas y desconcertadas como ella, lo único que las diferenciaba de Ana era que a diferencia de ella se habían despreocupado por su aseo personal y siempre iban sucias. Todas las personas la miraban con unos ojos que se asomaban al abismo en que se había convertido su vida, unos ojos faltos de vigor que aduras penas se asomaban a sus respectivas cuencas con una incredulidad infinita.

—Hoy en día hay tantos niños deambulando por las calles que no le podría decir —se decidió a responderle una señora de avanzada edad.

Ana en su desesperanza ni se atrevió a preguntar más, se dio la vuelta y salió del edificio en ruinas. La calle era un reguero de naves industriales que habían sido abandonadas ya hacía años y que ahora servían de refugio a muchas personas excluidas de la sociedad, no eran pobres como los que había conocido Ana a lo largo de su vida, eran personas sin esperanza que deambulaban como zombis sin un lugar donde llegar. Ella misma poco a poco se iba convirtiendo en un espectro de sí misma. La única esperanza de Ana era saber que su hija no estaba sumida en la desesperación de los adultos y quería pensar que su instinto la habría alejado de las naves industriales. No sabía si volver a casa o esperar, ir a la policía era impensable, apenas hoy había salido de la comisaría. Tendría que ir hacia la Plaza Mayor, las calles que circundaban la zona vieja de la plaza estaban habitadas por las clases trabajadoras que aunque empobrecidas aún formaban parte del entramado social. Pensaba que su hija habría ido hacia allí, que habría sorteado las naves y se habría dirigido a una zona urbanizada y menos peligrosa.

Continuara…

Relatos del futuro presente (2)

madre corazón

Ana llevaba cuatro días en la comisaría. La habían detenido rebuscando en unos contenedores de la plaza Mayor. No había encontrado nada entre los desperdicios. Estaba limpia en el momento de la detención. Sabía que la iban a soltar, pero la espera se le hacía interminable, su hija estaba sola en la casa. La policía acostumbraba a retener a las personas un mínimo de cinco días con el propósito de amedrentar a los rebuscadores de comida.

A pesar de la lucha contra los mendigos, las ciudades cada vez se hacían menos apetecibles para los turistas. Las agencias de viaje habían creado, hacía muy poco, una nueva modalidad turística enfocada a los jóvenes de las familias de altos recursos. Los anunciaban como “Safaris fotográficos. Pon un marginado en tu álbum”, se trataba de cazar a los marginados mientras buscaban entre los desechos. Estos “safaris” muchas veces desembocaban en razias indiscriminadas contra los pobres que deambulaban por las calles de las grandes ciudades. Las policías hacían la vista gorda, tenían órdenes estrictas de limpiar la ciudad. Los políticos del pacto de Salvación Nacional gobernaban en el noventa por ciento de los ayuntamientos y uno de los acuerdos era mantener limpia las ciudades de indeseables. El turismo de las grandes ciudades había sufrido un enorme retroceso en las estadísticas y los grandes conglomerados turísticos habían exigido mano dura contra todos aquellos que entorpecieran el desarrollo turístico de las grandes metrópolis.

Ana sabía de las razias aunque nunca había sufrido ninguna. La única vez que se había encontrado con algún turista, fue aquella vez que dos jóvenes rusas se habían pasado toda la noche junto a ella haciéndole y haciéndose un sinfín de fotografías, pero no se habían metido con ella. Lo único desagradable de su encuentro con las turistas fue cuando llegaron unas personas mayores, que deberían ser sus padres, y la increparon a ella después de regañar a las jóvenes. Ana no entendía lo que decían, pero sabía que la estaban culpando de alguna cosa.

Estaba en la celda preocupada por la niña, sabía que no había nada en la casa y que la niña, a su vez, estaría alarmada. No podía hacer nada, no tenía forma de comunicarse con ella. Se había confiado demasiado, no había previsto que una cosa así pudiera ocurrirle y no le había proporcionado un plan a su hija. No había planificado nada, solo podía esperar un día más y salir de la comisaría. Iría corriendo para la casita para socorrer a su hija, aunque no pudiera llevarle nada de comer ahora lo urgente era ver a la niña. Pensaba planes para alertar a su hija, por si le volvía a pasar ésto o algún que otro percance. Lo veía todo negro. A las amistades de antes, a las que aún conservaban el modo de vida anterior al cataclismo económico, era muy difícil pedirles ayuda. Todos estos cambios habían enmarañado las conciencias de las personas, la solidaridad entre las nuevas clases que aunque empobrecidas tenían lo indispensable para vivir y los pobres era muy difícil.

La lluvia se hacía cada vez más intensa, la luz de los relámpagos se colaba entre la minúscula ventanita iluminando la celda de la comisaria; a Ana le aterrorizaban desde pequeña, le confortaba que a su hija María no le dieran miedo, pero sabía que la niña estaría pasando frío y hambre si es que cualquier otra cosa peor no le había pasado ya. No quería llorar, se había prometido no volver a llorar jamás.

Continuara…

Relatos del futuro presente (1)

madre corazónTenía hambre y frío, hacía días que no veía a su madre. Ella le había dicho que se quedará dentro de la casita de madera. Estaba inquieta, le parecía demasiado tiempo para que su madre la dejara sola. En la casa ya no había nada de comer, hacía tiempo que ya no usaban la nevera y en el estante de la cocina donde guardaban habitualmente los alimentos estaba vacío. Fuera de la casa llovía, dentro de la casa escurrían hilos de agua que poco a poco encharcaban las paredes de conglomerado. El frio empujaba a la niña a enroscarse como un ovillo de lana, oía caer la lluvia y el ruido de las gotas al chocar con la cubierta de zinc, que techaba la casita, se le hacía ensordecedor. Tenía miedo, no sabía qué hacer. Pensaba que pronto dejaría de llover y cuando saliese la luz de la mañana iría a buscar a su madre. No sabía dónde ir, hacía poco tiempo que habían llegado a ese lugar entre los pocos pinos que quedaban junto a las naves industriales. Eran tiempos de penuria y muchas familias se habían refugiado en esa especie de bosque convertido en campo de refugiados de la llamada democracia española.

La chiquilla estaba en esa edad donde las niñas de familias “normales” ya empezaban a ir a la escuela. Ella no había accedido a  ninguna escuela, su madre le hablaba de que pronto podría ir, pero que primero tenían que estabilizar su situación. Se acordaba cuando vivían en su piso y podía pedir agarrar las cosas de la nevera, su padre todavía no había muerto. Los recuerdos del hallazgo de su padre se le hacían recurrentes, no podía evitarlos. La llegada alegre a su casa, esperando encontrar a su papaíto sentado en el sillón, la truncó el grito ensordecedor de su madre al abrir la puerta. Regresaban del parque donde habían estado jugando en los columpios, cuando de repente su madre gritó nada más abrir la puerta. Ella no pudo ver casi nada, alcanzó a ver la sombra que proyectaba el cuerpo de su padre colgado en el salón. Su madre la llevó directamente a la cocina y le dijo que no se moviera. Quería llorar y no pudo, estaba aturdida, pero alcanzó a escuchar las palabras de su madre entre gritos y llantos.

—Antonio, mi amor, ya te había dicho que saldríamos de esta. Tú no tenías ninguna culpa. Esos desgraciados son los culpables. Mi amor te has quitado la vida, lo único que no podían quitarte, y ahora yo sola con la niña y sin ti, sin el piso, sin dinero y sin tu amor.

Todo se precipitó poco después. Ahora la niña tenía miedo de que su madre también hubiera desaparecido.

Ana, la madre, estaba desesperada, sin fuerzas para seguir luchando, avergonzada por la vida que le estaba dando a su hija. La hambruna había llegado demasiado lejos, muchas personas estaban en una situación similar, en los campos circundantes a las ciudades habían crecido una infinidad de pequeñas chabolas hechas con cualquier tipo de desechos. Buscar entre las basuras de los barrios acomodados se había puesto muy peligroso, había mucha competencia y se llegaba a matar por unos mendrugos de pan y por si fuera poco la policía de las ciudades encarcelaba a las personas que rebuscaban en las basuras, la mendicidad estaba totalmente prohibida y el último gobierno de coalición la había tipificado de delito.

Todo había cambiado mucho en los últimos tiempos. Las agrupaciones electorales partidarias de acabar con el sistema nacido de la transición habían alcanzado el cuarenta por ciento de los escaños y el Partido Popular y el Partido Español (nombre que había adoptado el antiguo PSOE) habían formado un gobierno de Salvación Nacional. Ambos partidos habían llegado a la conclusión de que no se podían subvencionar las necesidades de toda la población. Los más pobres se quedarían al margen de las ayudas. Las escasas ayudas solo irían a las clases medias que tuvieran un mínimo de renta asegurada, los escasos recursos del estado no podían repartirse entre toda la población, habían decidido que era mejor salvar a unos pocos.

Eso de salvar a unos pocos dejando a unos muchos al pairo, esperando su suerte, no era solo en España, bueno, eso remarcaban día a día todos los medios de comunicación. Decían que era un problema global, que ya no había trabajo para todos. La población estaba dividida en dos: la mitad de pobres y la mitad de personas con sus necesidades básicas cubiertas; la mitad de la población apoyando a los partidos del gobierno y la otra mitad apoyando a los partidos que quieren cambiar el sistema, los anti-sistema, los llamaban los otros. No necesariamente eran los pobres los que apoyaban a los anti-sistema, ni los pudientes los que apoyaran a los partidos del gobierno, la cosa era mucho más complicada, hay para todos los gustos.

De los medios de comunicación muy poca gente se fiaba, los medios públicos han desaparecido totalmente, solamente existen los medios privados, dependientes de las grandes corporaciones y de las subvenciones públicas. También quedan algunos medios independientes, pero no pueden contrarrestar la influencia de los medios tradicionales apoyados por todos los poderosos.  En Europa habían decidido hacer lo mismo, pero con los países. Los países del norte que necesitaran ayudas puntuales de la comunidad europea las seguirían recibiendo. Los países del sur estaban en quiebra técnica y  se les cortaban todo tipo de subvenciones. Era el mismo planteamiento que para las personas en España: mejor salvar a los países viables y dejar a la buena de dios a los países totalmente endeudados.

Las iglesias de todas las confesiones se alinean con el pensamiento dominante, proclaman que esa es la voluntad de Dios, argumentan que en la tierra hay demasiadas personas y que es necesario concentrar las ayudas en lugar de ayudar a todas las personas.

—Son momentos de resignación a los designios del Señor, Dios salvará a los escogidos en la otra vida, es momento de oración y esperanza.

Continuara…