La brújula dispersa por Isabela Méndez

El dolor, baluarte de punzadas. En él un regimiento de no sé qué criaturas, aporrea tambores que retumban en mis ojos y sienes, ¿acaso no los sienten los demás?

Mis ojos buscan la luz del semáforo y a cambio reciben un vago panorama, en el que no distingo si lo que hay frente a mí, es un cuadro de un impresionista borracho, una obra escultórica demasiado moderna, o la realidad que me impele a participar, y en la cual una vez más arrastrada por los objetivos que debo cumplir, me lanzo. Cruzo la calle confiando en que los peatones son sensatos y han visto la señal en verde…

Voy descubriendo lo que me rodea solo cuando arribo a ello, casi cuándo lo palpo, ¡milagrosamente no tropiezo! Siempre descubro el mundo “justo a tiempo”.

A lo que tengo le llaman baja visión, a esta forma de percibir el universo, que en mi caso es producto de un problema en el nervio óptico, imposible de corregir con gafas.

Era más sencillo durante mi infancia, cuando leer no constituía un requisito y me llevaban de la mano a los distintos lugares. En aquel tiempo, los adultos estaban pendientes de mi llegada, ahora en cambio llegar a un lugar, por ejemplo a un restaurante, es una odisea que la gente de vista normal no imagina. Una vez allí, las siguientes hazañas son: ver lo que hay en la carta, las bandejas que están sobre la mesa, discriminar cuál es el baño de damas…

En mis desplazamientos por la calle llevo lo que denomino una “brújula dispersa”, es decir, una serie de herramientas que me ayudan a orientarme. Con el objeto de distinguir los números de los autobuses, de las calles o ciertos letreros, uso un telescopio de bolsillo, para leer letras pequeñas llevo unas gafas lupa y para protegerme del sol unos lentes polarizados. Mi móvil tiene un programa que me dicta los nombres de quienes me llaman, los diversos menús y los mensajes.

En casa mi brújula la constituye  un ordenador adaptado.

He llegado al casting, el dolor de los ojos ha bajado. Quienes allí están no sospechan cómo veo, ya que no llevo bastón, ni anteojos de cristal gordo y mis ojos lucen normales. Una mujer me recibe, yo hago lo imposible por disimular mi ceguera estando muy atenta en el trayecto que realizamos y sonriendo cuando ella me mira. En cierto punto me dice – sigue por este pasillo, en las puertas hay letreros, donde veas Federico Michelena, entra. Yo me he puesto pálida, ¡no puedo leer los letreros!, así que a mi pesar y con el corazón amontonando sus latidos, le digo –oye disculpa, pero no veo bien, ¿tú me podrías acompañar hasta el lugar?–, ella dice –pero los nombres de las puertas son enormes, ¡los verás! –, yo replico –¡No, no los veré!–, se genera un momento de tensión, al final ella cede y de mala gana me acompaña. Entro en el lugar, un sinfín de puertas se vuelven a esparcir ante mi vista, como si hubiera entrado en alguna pesadilla de Kafka, pero con un barniz de glamour porque está plagado de mujeres hermosas, de todas las tallas y colores. Vuelvo a pedir ayuda dando la explicación pertinente y esa persona me pregunta –¿oye, cómo haces para leer los libretos, si ves tan poco?–  a lo que respondo –los imprimo con letras muy grandes y memorizo deprisa. Llegamos al estudio de grabación, rezo en silencio, espero que mi intuición, mi instinto y 20 años de oficio, me ayuden a superar este escollo. Los próximos minutos transcurren en un limbo actoral, ese que empieza con los nervios de tener en frente director, productor, camarógrafo, vestuarista y la responsabilidad de encarnar a Ofelia en la audición. Aún así, mis oídos están alerta y he escuchado cada una de las acotaciones que aluden al espacio escénico y las intenciones del personaje.

Leer más en: La brújula dispersa.

Anuncios