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Segunda novela de Joan Carles Guisado, una mirada poco convencional sobre la prostitución.

Segunda novela de Joan Carles Guisado, una mirada poco convencional sobre la prostitución.

Llegan las Navidades, época de regalos y compras compulsivas.

Os quiero regalar el e-book de Sentada en el fondo de un bar, tenéis tiempo hasta el viernes día 12 en cualquier tienda amazon.

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Cuando lo leáis me gustaría que dejarais vuestra opinión en Amazon.

 

 

 

 

 

Presentación en L’Hospitalet de Llobregat(Barcelona) del libro Sentada en el fondo de un bar


Enla Biblioteca Can Sumarro, el míercoles 19 de noviembre, a las 19:00 presentarán la novela:

PaulaVip puta y activista pro derechos y

Jesus A. Vila, escritor y editor

acompañando a Joan Carles Guisado autor de Sentada en el fondo de un bar.

El autor nos presenta una historia que sucede entre Panamá y El Raval. Una historia muy poco convencional sobre la prostitución.

Se podrán adquirir ejemplares y su autor los firmará.

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SENTADA EN EL FONDO DE UN BAR | El Blog de Paula.com

el blog de paula.com

SENTADA EN EL FONDO DE UN BAR

Sentada en el fondo de un bar es la última novela de Joan Carles Guisado, un escritor catalán afincado allende los mares y que en esta ocasión nos relata dos historias sobre muy unidas a Pepe, el personaje que cuenta en primera persona situaciones, sentimientos, ubicaciones, de tal modo que puedes sentir el frío de la habitación que describe, como la brisa del mar al caer el día en el ya desaparecido Rompeolas barcelonés. Se puede morder el polvo entre los dientes de una vieja carretera o sentir el aplastante calor de la ciudad a media mañana. Hacía mucho tiempo que no me leía un libro con tanta avidez, pero es que Sentada en el fondo de un bar, sólo se puede leer así. Con la ansiedad del que pide un vaso de agua cuando estás a 42º y te encuentras bajo un sol ardiente.

¿Es recomendable? Al 100%

¿Vale la pena? Al 100%

¿A quién va dirigido? A cualquiera con una sensibilidad exquisita que quiera saber más sobre prostitución, desde un punto de vista subjetivo, humano y carente de morbo sexual.

Leer más en: SENTADA EN EL FONDO DE UN BAR | El Blog de Paula.com.

Sentada en el fondo de un bar – capítulo uno

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En un hotel del centro de la ciudad de Panamá, uno cualquiera de esos hoteles económicos con pocos servicios y habitaciones diminutas, Pepe recibió una noticia que pasaría a formar parte de su colección de sentimientos de culpa. Esos sentimientos, que con razón o no, se van acomodando en el baúl de los recuerdos.

—¿Dígame?

—¿Camila está contigo? —Pepe escuchó la voz de Estela, muy alterada, desde el otro lado de la línea telefónica.

—No, ayer no estuvimos juntos.

—¿Cómo puede ser? Tampoco estuvo con nosotras en la casa y mi prima no ha llegado al trabajo.

—Qué extraño y ¿su celular?

—Nada, no contesta desde ayer, la llamé varias veces, pero pensé que estaba contigo y no le di importancia.

—Hay que ir a la policía.

—Yo no puedo ir, tengo los papeles caducados ¿Puedes ir tú?, por favor.

Pepe le contestó que sí, que no se preocupara. Se arregló tan rápido como pudo, bajó del hotel y agarró el primer taxi que pasó.

—Lléveme a la policía, a cualquier dependencia donde puedan atender la denuncia de la desaparición de una persona.

Ayer, Pepe no había llamado en todo el día a Camila. Precisamente era el día libre de la chica en el club y desde hacía un tiempo lo pasaban juntos. Hacía un par de semanas que estaba enojado con ella. Más que enojado, contrariado con el rollo, que siempre le soltaba, de formar una familia. Pepe notaba que se estaban encariñando peligrosamente y fue por eso que no la llamó. Ahora no sabía dónde paraba y se sentía un poco miserable. Por si fuera poco, el taxista llevaba colgados varios rosarios y un sinfín de estampitas religiosas donde no podía faltar el salmo 23; estaba harto de todas esas personas que dejan todo a la buena de Dios y no se ocupan de nada. El taxi olía fatal y realmente parecía un coche más apto para el desguace que para transportar personas. Llegaron a la policía. Pepe pagó los dos balboas de la carrera y se despidió del taxista; por suerte al taxi se le había estropeado el radio CD y no tuvo que escuchar ninguna música, ni infernal, ni religiosa, que no sé que hubiera sido peor para él.

El lugar donde llegó se parecía más a un tugurio de mala muerte que a una comisaría de policía. No había prácticamente nadie. Los agentes estaban relajados, con los cuerpos desparramados sobre unas sillas de escay que mostraban las sucias esponjas de su relleno entre las roturas de su piel de cubeta. Todos los agentes se encontraban detrás de un viejo mostrador de obra, todo sucio; la pared, que antaño debió ser crema, era de color chocolate, por decirlo de una manera suave.

—Buenas tardes —saludó Pepe.

—¿En qué podemos ayudarle?

—Vengo a denunciar la desaparición de una amiga.

—Tome asiento, ahora le avisamos para la declaración.

A los pocos minutos le hicieron pasar al otro lado del mostrador y le ofrecieron una silla delante de una mesa de una incierta antigüedad donde reposaba una no menos vieja máquina de escribir. Sin que él preguntara nada, le dijeron que la computadora se había averiado.

—¿Nombre de la desaparecida? —le preguntó uno de los agentes más jóvenes, después de haber anotado todos sus datos personales.

—Angélica Martínez, no sé su segundo apellido.

—¿Nacionalidad?

—Nicaragüense.

—¿Edad?

—Veintiún años.

—¿Estatura?

Aproximadamente uno cincuenta y cinco.

Así le formuló un sinfín de preguntas. Algunas las pudo contestar y otras las desconocía por completo. Le explicó lo poco que le había contado su prima por teléfono. Le dijo que trabajaba en un club y que los últimos meses salían juntos los días que libraba del trabajo. Su mirada y las risas de sus compañeros molestaron a Pepe. Les contó que  Angélica hacía dos noches que había abandonado el club donde actuaba —nuevas risas de los agentes— sobre las cinco de la madrugada, que iba borracha y que había tomado un taxi; el agente le preguntó si sabía el número del vehículo y le dijo que no.

—No se preocupe, hermano, ya sabe como son estas chicas. Seguro que se encontró con algún gringo que le ofreció dinero por pasar unos días con ella y se fue. No se preocupe, a las “señoritas” —dijo con sorna, el agente—  les gusta mucho la rumba. Usted tranquilo. Además, no es su problema.

—Si es mi problema o no, eso lo decidiré yo. Si tienen alguna noticia les agradecería que me lo comuniquen al celular que les he indicado, por favor.

—Váyase usted con Dios. Si sabemos algo le avisamos. Pero tómeselo con calma, hermano.

Pepe abandonó la estación de policía un poco desesperanzado. Se había dado cuenta de que dentro de las prioridades de los agentuchos no estaba el hacer alguna cosa por buscar a Camila. Tomó la  decisión de ir caminando hasta el club desde donde le había llamado Estela.

Llegó a los pocos minutos de caminar. La estación de policía estaba muy cerca de la calle 50. En la recepción del club pagó los treinta dólares del boleto y entró. Estela estaba en la parte superior de las escaleras que daban acceso a las salas situadas en la planta superior, ansiosa por ver a alguien que le diera noticias de su prima.

—Hola, Pepe ¿Fuiste a la policía? —le dijo, nada más entrar.

—Sí, pero estos tipos no sirven para nada. Tendríamos que hacer alguna averiguación por nuestra cuenta.

—¿Cómo lo vamos a hacer?

—Lo primero, preséntame a vuestro taxista de confianza.

—Ahora no está.

—Me es igual. Llámalo al celular y dile que es urgente. Cuando llegue me avisas y yo bajo a hablar con él.

—De acuerdo, Siéntate por aquí y te llamo cuando llegue.

Pepe se sentó en la parte trasera del club, lejos de las pasarelas, y enseguida vinieron varias amigas de la chica a preguntar por ella. Les dijo que no sabía nada y les preguntó por la noche en que había desaparecido Camila. Ninguna quiso hablar con Pepe. Tan solo pudo averiguar qué fue de las últimas en salir y que estaba borracha como una cuba. Se enfadó con ellas y preguntó Porqué ninguna la había acompañado a su casa, aunque fuera para protegerla de su propia borrachera. Todas callaron y Pepe se tragó su indignación.

Pasó una hora, aproximadamente, cuando Estela llegó a decirle que el taxista se encontraba en la puerta.

—Dile que suba, no quiero hablar delante de los otros taxistas —Estela pidió a uno de los camareros que fuera a buscar al señor.

—Buenas noches. Me llamó Manolo, soy el taxista de confianza de Camila —era un señor de edad avanzada y, a primera vista, le pareció a Pepe, una buena persona.

—Encantado de conocerlo. Mire, como usted ya sabe Camila no ha aparecido desde la noche que abandonó el club, justo en su día libre. ¿Por qué no lo llamó a usted?

—Mire, señor, las chicas saben que si salen después de las cinco de la madrugada ya no me pueden llamar; nunca trabajo más allá de las cinco.

—¿Y usted no sabe que taxi tomó esa noche?

—No lo sé. Ya pregunté a todos los taxistas que paran en el club y no fue ninguno de ellos. Ella salió muy borracha y estaba muy grosera, ninguno quiso llevarla. Dicen que paró un taxi que pasaba por la calle.

—¡Que bola de estúpidos! Perdone que se lo diga: ustedes también viven de las chicas. Si ellas no estuvieran aquí ustedes tampoco tendrían trabajo suficiente; y resulta que el día que más los necesita no quieren llevarla. ¿Pero qué tipo de personas son ustedes?

—No se enoje, eso mismo les dije yo. Usted debe saber que yo las cuido mucho.

—No sé como lo va a hacer, pero necesitamos averiguar que taxi se llevó a la chica. Ya puede empezar a hablar con esos pendejos de allí abajo y a ver si entre todos consiguen saber algo. Si hay que pagar, yo le hago frente. Pero no tenemos tiempo que perder. La chica, si es que está viva, corre peligro.

—¡Por Dios! ¡No diga usted eso!

—Corra, por favor, hable con los compañeros y ya me informará. Iremos donde haya que ir. Anote mi celular y me habla con cualquier cosa.

—No creo que esta noche podamos ir a algún lugar. Primero tendré que preguntar a todos.

—Lo dejo en sus manos, pero hoy ya no trabaje más, yo le pago sus carreras, tenga cien dólares a cuenta, dedíquese a los taxistas. No dude en llamarme apenas sepa alguna cosa —el taxista agarró los cien dólares y bajo las escaleras del club.

Pepe se acercó a Estela. Estaba muy nerviosa; los dos presentían lo peor. Le dijo que no se preocupara, que iba a intentar averiguar qué pasó; le explicó que el taxista estaba en las primeras averiguaciones; le pidió que ella se ocupara de indagar que chica fue la que vio a Camila salir y tomar el taxi.

—Inténtalo, Estela. Sé que tienen miedo, pero es importante; cualquier pista nos puede servir. La policía no va a hacer nada por ayudarnos; tu prima está en nuestras manos.

—Ya les he preguntado, pero ninguna de ellas quiere hablar. Son unas cabronas.

—Necesitamos algún dato del taxi que tomó, es posible que alguna nos pueda dar una pista. Inténtalo de nuevo, hemos de averiguar alguna cosa por nuestra cuenta. Estoy muy preocupado, ésto tiene muy mala espina.

Sentada en el fondo de un bar – pronto a la venta

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En pocos días saldrá a la venta mi segunda novela. El tema es muy diferente de la primera, pero la preocupación por aportar miradas diferentes hacia problemáticas sociales me sigue guiando. Os invito a que le deis “Me gusta” a la página de la novela en Facebook.

Os dejo una breve sinopsis:

A través de sus diálogos con Camila, una joven prostituta que ha conocido hace pocos meses y con la que ha entablado una intima relación, y sus disertaciones ante su madre, ya muy mayor y enferma de alzheimer, incapaz de darle las respuestas que busca, Pepe, el protagonista de Sentada en el fondo de un bar, se enfrenta a sus miedos, a sus dudas y a su propia forma de ver la vida.

En su mirada, poco convencional sobre la prostitución, convergen sus recuerdos de infancia en el barrio chino de Barcelona en los años 60, en pleno franquismo; la lucha de su madre por darle una vida mejor; la historia de Camila, en el Panamá de 2009 y también el secreto que marcó su vida y que ahora nos revela.